Más que sentarme, me dejé caer por la tercera o cuarta fila del autobús, aunque bien podría haberlo hecho en cualquier asiento, dado que todos estaban libres. Respiraba superficialmente y sentía un ardiente vacío interior. Noté cómo ese vacío me recorría internamente y me provocaba un intenso mareo al superar la altura de los ojos. El aire caliente de la calefacción parecía atravesar mi cara abrasándola. Me toqué la mejilla y sentí esa sensación punzante inicial, común a cuando se toca algo muy caliente o muy frío; había una diferencia abismal entre la temperatura de mi cara y de mi mano, pero no pude discernir cuál era la que estaba fría y cuál la congelada. Tuve náuseas. Creo que de haber estado de pie, habría perdido el equilibrio. No sentía los pies, ni la nariz, ni varios dedos de las manos, ni las orejas. Estaban helados. Desempañé torpemente el cristal de mi reloj con la manga de mi chaqueta. Me pareció imposible que hubiera estado soportando temperaturas extremas durante las últimas cuatro horas sin haber visto el tiempo pasar.

Pero volvamos al principio de aquel día de enero. Nada más despertar, me había levantado de un salto, impulsado por una ilusión similar a la de los niños en la mañana del día de Reyes. Llegué hasta la ventana arrastrando mis adormecidos pies sobre una moqueta de hotel, de esas que tanto me gustan por estar siempre limpias. O por parecerlo. Cuando corrí la pesada cortina presente en la mayor parte del mundo que no ha descubierto la persiana, el regalo que más esperaba deslumbró mis ojos. Cracovia, la antigua capital de Polonia y una de las más bellas ciudades de Europa Central, quizás sólo superada por Budapest, exhibía su clásico encanto bajo un grueso manto de nieve.

Parte este de la plaza del mercado en Cracovia.

Parte oriental de la plaza del mercado en Cracovia.

Las campanas de varias iglesias cantaban con vigor y pensé en lo mucho que me gusta esa Europa que despierta con el olor de pastelerías atestadas de tartas recién hechas y suena a campanas multitonales, esa Europa que se levanta al alba y le pone tan buena cara al pésimo clima que sufre. Recuerdo que eran las nueve en punto y que abrí mi ventana para poder escuchar mejor el célebre Hejnał Mariacki cracoviano, una breve melodía de trompeta tocada desde la torre más alta de la hermosa Basílica de Santa María, muy cercana a mi hotel. Cuenta la leyenda que en el año 1241, los tártaros, tribus de origen mongol, intentaron invadir por sorpresa Cracovia y que para alertar a la población, un centinela subió a lo alto de la iglesia y toco el Hejnał Mariacki a modo de alarma. Las puertas de la muralla de Cracovia fueron cerradas a tiempo, salvándose la ciudad de ser tomada, pero antes de que el trompetista pudiera terminar la melodía, su garganta fue alcanzada por una flecha tártara. Desde entonces, el Hejnał Mariacki es tocado cada hora desde la misma torre, y siempre termina de manera abrupta, sin ser finalizado, en honor a aquel desventurado y heroico trompetista que aquel día no pudo concluir la melodía. Aquella mañana en que yo amanecí en Cracovia, el aire venía tan gélido que parecía ralentizar las notas de la trompeta, de manera que cuando el trompetista dejó la canción a medias, uno bien podría haber pensado que se le habrían congelado los dedos. La ola de frío ya estaba aquí.

Basílica de Santa María de Cracovia.

Basílica de Santa María de Cracovia.

Una de las muchas razones que me habían llevado a Europa Central era la posibilidad de vivir el crudo invierno polaco de primera mano. Desde mi llegada a Cracovia una semana antes, había estado comprobando las previsiones meteorológicas diariamente y, aunque había hecho frío, la temperatura era soportable y la nieve aún no había hecho acto de presencia. Era para aquel jueves de enero cuando se preveían unas intensas precipitaciones en forma de nieve y una posterior bajada repentina de las temperaturas. Ya hacía mucho tiempo que sabía a dónde iría el día de condiciones meteorológicas más extremas. Visitaría Auschwitz, el campo de exterminio más famoso del mundo, situado en las proximidades de Cracovia. Habían pasado casi dos años desde mi primera visita a Auschwitz, en verano de 2010. Entonces había seguido un interesantísimo tour de unas cuatro horas junto a Małgorzata (Margarita en polaco), una excelente guía polaca. Recuerdo el inmenso campo de Auschwitz II-Birkenau luciendo una tupida hierba verde resplandeciente bajo un cielo azul y una cálida brisa de verano. El campo mostraba una cara encantadora ocultando la tragedia de la que había sido testigo 65 años atrás. Casi al finalizar el tour, tras haber aturdido a la paciente Małgorzata con decenas de preguntas, se dirigió a mí con unas palabras que estuvieron dando vueltas por mi cabeza hasta que quedé en paz con ellas: Víctor, ya has escuchado mucho sobre la vida y sobre la muerte en este campo, pero no puedes imaginarte cómo eran las condiciones para los prisioneros durante el invierno polaco. Tendrías que volver por aquí en enero o febrero para empezar a hacerte una idea. Y eso hice.

Me duché y me vestí con la ropa de más abrigo que encontré: dos pares de calcetines, unas zapatillas de tela gruesa, unos vaqueros, dos camisetas, guantes, dos jerséis ligeros y una fina chaqueta de pana. Sabía que si seguía el tour a la intemperie lo pasaría mal, pero era toda la ropa que tenía. Bajé a la entrada del hotel y me zambullí en aquel mar blanco. Crucé la sobrecogedora plaza del mercado (Rynek Główny), en la bellísima ciudad vieja de Cracovia (Stare Miasto), pisando tantas veces sobre la nieve virgen como me era posible, sintiendo mi pie hundirse y oyendo el crujido de la nieve, de un modo similar al juego imaginario de muchos niños que sólo se permiten pisar en baldosas de un color concreto. Pasé junto al histórico Hotel Polonia, en el que tendría el placer de alojarme algunas semanas más tarde, y me dirigí a la terminal de autobuses contigua a la estación de trenes (Krakow Głowny).

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No era mediodía y allí estaba otra vez, en el Centro de Visitantes de Auschwitz, comprando una entrada para el tour en español de las doce. Podría haber comenzado una visita en inglés algo antes, pero tenía la esperanza de volver a ver a Małgorzata, la excelente guía polaca, para decirle que aunque ella no me recordara yo no había olvidado sus palabras. Mientras esperaba, comprobé que no había centenares de visitantes como la última vez. Ni rastro de los turistas japoneses armados de sus enormes cámaras, ni de las familias italianas gritando con alegría, ni de los grupos cristianos de jóvenes estadounidenses vestidos con la misma camiseta monocolor y letras blancas recordándote que “Dios es amor”. Nada de diversión. Lo que me había parecido una agradable construcción funcional dos años atrás, no era más que un feo edificio gris de estética comunista, compuesto por salas y corredores desangelados, tan viejos y lúgubres que jamás podrían dar sensación de limpieza.

Auschwitz.

Auschwitz.

Cómo explicar Auschwitz sin entrar en detalles escabrosos, me pregunto. Auschwitz no es un solo campo, sino un complejo de tres campos principales, Auschwitz I, Auschwitz II-Birkenau y Auschwitz III-Monowitz, y de otros 39 campos subalternos. El campo Auschwitz I prácticamente ya existía antes de la invasión alemana de Polonia en forma de cuartel del ejército polaco. De los tres principales, actualmente se pueden visitar Auschwitz I y Auschwitz II-Birkenau, el más grande y también el más conocido por salir retratado en tantísimas películas. Auschwitz III-Monowitz, que fue desmantelado tras la Segunda Guerra Mundial, funcionó como campo de trabajo esclavo en el que se producía, entre otros productos químicos, el Zyklon B, gas letal que acabaría con varios millones de personas en las cámaras de gas. Auschwitz III estaba por tanto al servicio del conglomerado industrial IG Farben, constituído entre otras por la empresa Bayer. Sí, la misma de las simpáticas aspirinas.

La elección de la ubicación de Auschwitz no fue casual. A finales de 1939, con la Segunda Guerra Mundial comenzada, los nazis, empezaron a desarrollar una red de campos de concentración para encerrar principalmente a prisioneros de guerra, intelectuales, políticos y minorías étnicas o religiosas. El pueblo polaco de Oświęcim, traducido al alemán como Auschwitz, cumplía tres condiciones que lo convertirían en uno de lugares más infames de la ya de por sí infame historia de la humanidad: Se encontraba en una gigantesca llanura, contaba con los barracones del ejército polaco con capacidad para varios miles de personas, y su situación geográfica en el centro de Europa optimizaba el traslado de prisioneros desde muchos de los países ocupados por la Alemania nazi. Los nazis desalojaron el pueblo de Oświęcim, alambraron el perímetro de los barracones y empezaron a llenarlos de prisioneros. Las dependencias del campo, previsto para unas 7.000 personas, no tardaron en desbordarse por la incesante llegada de prisioneros, alcanzando pronto las 20.000. Se llegaron a hacinar a 400 seres humanos en un espacio destinado a 52 caballos.

Alambrada entre barracones de Auschwitz I.

Alambrada entre barracones de Auschwitz I.

A finales de 1941, los nazis decidieron no volver a tener problemas de espacio construyendo desde cero, en la vecina localidad de Birkenau, uno de los mayores recintos que el ser humano haya erigido para encerrar a otros seres humanos. Las datos impresionan: un campo de 2,5 kilómetros de largo por 1,5 kilómetros de ancho con barracones suficientes para encerrar a unas 300.000 personas. Pero Auschwitz II-Birkenau fue concebido desde su inicio para ser más que un campo de concentración. A principios de 1942, la Alemania nazi puso en marcha su solución final para ejecutar el genocidio sistemático de la población judía europea. Auschwitz II-Birkenau fue provisto de una vía por la que llegaban trenes de transporte cargados de prisioneros, principalmente judíos procedentes de distintas partes de Europa, que a su llegada, en lugar de ser alojados en los barracones, eran conducidos directamente a las cámaras de gas. En los últimos años ha habido una gran controversia en cuanto a la dimensión del genocidio ya que es muy complicado estimar una cifra de asesinados medianamente fiable, debido a la incineración de los cuerpos y la destrucción por parte de los nazis de la mayor parte de las pruebas. Hoy en día se cree que entre un millón y medio y dos millones de seres humanos murieron en Auschwitz, la mayoría de ellos asesinados en las tristemente famosas cámaras de gas.

Primera cámara de gas en Auschwitz.

Primera cámara de gas en Auschwitz.

Un millón y medio de personas asesinadas. Se dice rápido, conmociona un poco, y a la hora de la cena ni nos acordaremos. Al fin y al cabo son grandes números y el cerebro humano no es muy bueno imaginándose la realidad que se esconde detrás de la representación de seis o siete cifras. Si me preguntaras cuántas personas son un millón y medio te diría que más o menos como las que viven en Barcelona o Milán, y si me preguntaras cuántas personas viven en Barcelona o Milán te diría que más o menos millón y medio. Fin del juego.

Tras tomarme un par de cafés bien calientes, el tour empezó en Auschwitz I, sin mi guía favorita y con otros seis españoles. El propio centro de visitantes está junto al campo, por lo que al salir nos encontramos con la célebre entrada que recibía con tres frías palabras metálicas a los primeros prisioneros de AuschwitzArbeit Macht Frei. El trabajo te hace libre. Ingresamos en Auschwitz I pasando bajo el famoso letrero de hierro forjado que es una réplica desde que a finales de 2009 el original fuera robado y posteriormente recuperado por la policía polaca. Noté que el cruel invierno había sustituido los álamos de color esperanza que flanqueaban las avenidas la última vez que estuve, por unos fúnebres esqueletos de finas ramas.

Entrada a Auschwitz I: "El trabajó te hace libre".

Entrada a Auschwitz I: “El trabajó te hace libre”.

El campo Auschwitz I, que en verano parecía un conjunto residencial , había mutado a un siniestro pueblo abandonado. El frío era implacable, así que nos refugiamos en uno de los 29 barracones. De tres alturas y de ladrillo rojo, los pocos barracones que permanecen abiertos al público muestran la historia del campo y los enseres personales, fotos e historias de muchos prisioneros de Auschwitz. Además, en el barracón número 11, el llamado cárcel dentro de la cárcel, se pueden visitar las distintas celdas de castigo y de tortura que los nazis utilizaron tanto para conseguir información de determinados presos como para castigar comportamientos indisciplinados. Todavía recuerdo hasta diez tipos distintos de tortura que la guía nos explico y que sin embargo, como tantos otros detalles, voy a omitir en este post.

Campo de concentración Auschwitz I.

Campo de concentración Auschwitz I.

Recorrimos el campo de un lado a otro, visitando la zona de fusilamientos, principal método de ejecución antes de la construcción de las cámaras de gas. Entramos en un par de barracones más, escuchando la interesante información que la guía comunicaba con sobria voz uniforme. No diría que para ella la visita era un trámite aburrido diario. Me pareció que la guía más bien hacía un esfuerzo por parecer objetiva y neutral en la exposición de los tristes hechos. También entramos en la primera cámara de gas construída en Auschwitz y en su crematorio anejo. Unas sencillas margaritas amarillas y una llama eterna descansaban sobre un frío suelo de cemento, bajo un orificio del techo desde dónde, en un tiempo no tan lejano, se introducían envases de Zyklon B cuando la estancia, que simulaba ser una sala de duchas, se encontraba abarrotada de seres humanos. La visita a Auschwitz I terminó junto a la horca donde el que fuera responsable de Auschwitz por más de tres años, Rudolf Höss (no confundir con el famoso ministro y también militar nazi Rudolf Hess), fue ajusticiado en 1947 tras ser considerado culpable del asesinato de más de tres millones de personas, cifra de prisioneros fallecidos según los cálculos de entonces. En su surrealista defensa durante los Juicios de Núremberg, Rudolf Höss aseguró que él sólo era responsable del asesinato de dos millones y medio, y que los demás habían muerto de inanición y de diversas enfermedades. Nuestra guía concluyó la primera parte del tour diciendo:

– Aquí acaba la visita de Auschwitz I. Los que quieran seguir con el tour deben saber que en Auschwitz II-Birkenau permaneceremos unas dos horas a la intemperie, y que el frío va a ser extremo. Los nazis eligieron Birkenau para el segundo campo porque es una gran llanura sin ningún resguardo, por lo que además del frío vamos a sufrir un viento helado. La temperatura hoy es de unos -11ºC y la sensación térmica de -17ºC.

Continúa aquí.

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