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París. Mediodía de un plomizo miércoles de octubre. Entro en una cafetería no muy lejos del famoso edificio de la Sorbona, la histórica universidad parisina. Me siento junto a un gran ventanal con vistas a la calle que conecta el jardín de Luxemburgo con el Panteón. Pido un bocadillo de cordon bleu y un refresco. Me quedo observando a través del cristal a la multitud más refinada de un París otoñal, a la gente que va y que viene, cerrando y abriendo paraguas, sin tener muy claro si está lloviendo o si el cielo ya se ha despejado.

Panteón de París.

Un chico más bien alto, delgado pero con buena planta, entra precipitadamente en la cafetería llamando mi atención. Recorre con la mirada todas las mesas buscando a alguien. No lo encuentra, así que decide sentarse en la única mesa libre, que resulta estar a un palmo de la mía. Se quita su larga chaqueta gris oscuro y la dobla con cuidado dejándola sobre una silla. Unos veintitrés años, ojos grises, pelo ondulado más bien largo y con aspecto cuidado hasta el último tirabuzón, reloj plateado de un lujo evidente, camisa azul claro de una marca carísima, pantalones negros de corte ejecutivo y relucientes zapatos de punta estrecha sin la más mínima mota de polvo. Si tuviera tres ojos apuntaría uno a la calle, otro a la puerta y otro a su reloj, pero como no los tiene, alterna ansiosamente su atención en las tres direcciones. Cruza una pierna sobre la otra y mientras agita nerviosamente el pie que tiene en alto, su pantalón descubre un descolorido calcetín azul oscuro con lunares blancos. Está algo angustiado y hoy por la mañana se ha equivocado en la elección de los calcetines. Aunque es guapo y con clase, el tipo no es perfecto. Me cae bien.

Jardín de Luxemburgo.

Se abre de nuevo la puerta de la calle y antes de que la bocanada de frío exterior alcance mi cara ya he comprendido el desasosiego del chaval. Mi vecino de mesa contiene la respiración y puedo oír cómo se ha ralentizado el segundero de su reloj. Afrodita atraviesa el vano de la puerta con elegancia celestial. Pelo de largos bucles dorados y piel clara sin ninguna imperfección aparente. Pura porcelana china. Sus larguísimas pestañas, teñidas de azabache y quién sabe si separadas una a una con una aguja,  conducen la atención a unos ojos azules tan claros como las aguas del mar Caribe y tan grandes como el propio mar. Tiene unos labios carnosos pintados del color de una aterciopelada rosa granate. Viste un traje azul marino y negro que usaría una abogada de prestigio el día más importante de su carrera. La falda muere donde nacen las delicadas rodillas de las que florecen unas piernas bien formadas, estilizadas por unos conjuntados zapatos de considerable tacón. Si Botticelli se hubiera servido de esta modelo para su Nacimiento de Venus, habría errado todos sus trazos. La diosa gira la cabeza, encontrando al chico como si ya supiera dónde estaba. Los bucles del cabello que rodea su esbelto cuello, se comprimen y se alargan a cámara lenta, algo ajenos al efecto de la gravedad. El chico, al borde de la asfixia, sonríe apretando los labios con nerviosismo y ella le devuelve una sonrisa inmensa dejando relucir unos dientes perfectos que harían parecer oscura a la nieve. La chica cubre los escasos diez metros que les separan andando con elegancia, con naturalidad y sin aspavientos, como si los tacones fueran una prolongación de sus talones. Saluda y estampa dos besos en los mofletes del chaval tiñéndolos de carmín, no por el pintalabios, que es de los buenos, sino por el rubor del chico. Siento empatía con aquel al que ya considero mi nuevo amigo aunque ni siquiera hayamos cruzado una sola mirada. Le deseo suerte telepáticamente para la difícil partida que acaba de comenzar.

Plaza de la Sorbona.

Una camarera trae mi comida y a continuación toma nota a mis vecinos de mesa. Ella pide una ensalada y él un botellín de agua. Comienzan a hablar y yo que estoy a un metro de ambos, escucharía la conversación aunque no me lo propusiera. Además, me lo propongo. Ella acaba de volver de una estancia de verano en una prestigiosa universidad canadiense. Repite el nombre de la universidad, que a mí no me suena de nada, y él muestra admiración por ello cada una de las veces. No se ven desde junio, en aquella fiesta de fin de curso en la que tanto hablaron, subraya el chaval. Le miro y me parece que sus ojos brillan. Miro a la chica y no consigo ver qué hay detrás de esa monumental sonrisa que empequeñece ligeramente sus profundos ojos. El chico se ha tranquilizado un poco, sus gestos son más naturales, menos espasmódicos y su sonrisa, aunque sigue escondiendo los dientes, demuestra algo de confianza. El tipo es especialmente simpático, muy amable con ella y tiene un fino sentido del humor que ella ignora, creo que conscientemente. Ella me resulta inteligente, rápida en las respuestas, coherente en sus comentarios y desde luego segura de sí misma. Sin embargo me parece que esconde algo gélido entre su aparente calidez y cercanía. Es difícil leer a las diosas. Algo no me gusta pero no sé qué es. Intento comunicárselo mentalmente al chico que hace un buen rato que no aparta su atención de la luz dorada. Me gustaría decirle que deje de enseñar sus cartas por muy buenas que sean, que hoy no puede ganar la partida pero sí que la puede perder. Aunque si yo puedo ver los movimientos, la chica debe conocer las cartas desde que cruzó la puerta. Ya sabe que son todas de corazones.

Acabo el bocadillo. La Sainte Chapelle y Notre Dame me esperan en la Isla de la Cité, a unas pocas calles del lugar, pero no quiero dejar la partida a medias. Decido quedarme un poco más y pido un café, apoyando moralmente a mi nuevo amigo. El chico, que ha pasado el verano con su familia en la costa azul, comienza hablar del nuevo curso y me entero de que ambos están en el último año de universidad, él en ciencias políticas y ella en derecho. Él planea buscar trabajo en París en cuanto acabe sus estudios y da por hecho que ella también se quedará en la capital. Ella sonríe y sin dejar de mirar a los ojos de mi amigo le dice que no sabe, que quizás se vaya a vivir a Ginebra. Él frunce el ceño. Ella no cambia ni un músculo en su alegre expresión mientras explica que ha conocido a un chico suizo durante su verano canadiense. El reloj de mi amigo se para. Es un abogado exitoso y guapísimo, recalca ella con orgullo sin apartar la mirada de los ojos del chaval. Mi amigo esboza una forzada sonrisa, casi simiesca, mientras sus ojos se humedecen ligeramente. Ella sigue hablando animadamente de su suizo, creo que fingiendo que no se ha percatado de nada, regodeándose en los detalles más banales de su romántico verano. Me resisto a creer en su inocencia. Él, en cambio, aguanta el tipo como un valiente troyano. Es un guerrero que se defiende con el épico honor de los que siguen luchando cuando ya conocen que los dioses les han trazado un destino nefasto.

Rue Soufflot de París.

Decido que ya he tenido bastante, me levanto y me voy sin poder volver a mirarla. Me encantaría el arte del toreo si no fuera porque detesto el cruel regocijo que acompaña a la sangre inocente derramada. Salgo de la cafetería con un regusto amargo con el que nada tiene que ver el café y, a través del amplio ventanal, echo un último vistazo a mí desafortunado amigo que por primera vez ya no mira a la diosa sino que juega nerviosamente con la etiqueta a medio despegar de su botella de agua. Tomo una bocacalle que me lleve primero a la Sorbona y posteriormente al Sena. Ya calle abajo, caminando junto a la universidad, pienso en que deberíamos haberlo visto venir; los dioses siempre juegan con las cartas marcadas. Irónicamente, no es la primera vez que Afrodita regala a Paris desdicha disfrazada de belleza. Vuelve a llover en París.

Puente sobre el Sena.

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