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No debería escribir estando cabreado porque las huellas dejadas en Internet son imborrables. Pero como uno se va haciendo mayor y cada vez le importa menos lo que piensen los demás, lo voy a hacer de todas formas.

Vang Vieng debió ser en algún tiempo uno de los pueblos más encantadores de Laos, país que ya de por sí tiene un encanto que no he encontrado en ninguna parte de mi mundo visitado. Rodeado de montañas kársticas, el pueblo se extiende junto a la rivera del río Nam Song. El río es suficientemente ancho para que los puentes de madera que lo cruzan no parezcan simples pasarelas y suficientemente estrecho para que lo primero que pienses al verlo sea en cruzarlo a nado. Las montañas, redondeados montículos de piedra caliza cubiertos de tupida vegetación, también parecen hechas a medida del tamaño del río y del propio pueblo. Todo buen maquetista soñaría con diseñar un paisaje similar al que se debe apreciar cuando sobrevuelas el cielo de Vang Vieng. Hasta aquí, todo bien.

Vang Vieng

Vista desde uno de los puentes de Vang Vieng.

Pues resulta que el pueblo se empezó a hacer popular más o menos hace una década. Tampoco es de extrañar, pues es poco realista pretender que aún existan paraísos terrenales que todavía no hayan sido descubiertos por la insaciable ansia expansionista humana y de los que uno tenga la posibilidad de disfrutar solo. Quién haya visto un atardecer en el Piazzale Michelangelo de Florencia rodeado de trípodes y de japoneses o quien haya intentado presenciar un amanecer en Machu Picchu sabe que, aunque quedan pequeños rincones ocultos diseminados por el mundo, muchos de los lugares con encanto los tenemos que compartir con otros desconocidos que también desearían que nosotros no estuviéramos allí.

Alrededores de Vang Vieng

Alrededores de Vang Vieng con el pueblo al fondo.

Pero lo que ocurre en Vang Vieng no es turismo, es depredación. Centenares de jóvenes mochileros invaden las calles del pueblo cada día cuando el sol se esconde. La mañana la pasan durmiendo en sus hostales de a 3€ la noche pero a eso de la hora de comer empiezan a descorchar (es un decir) las primeras botellas de Beerlao (marca que copa el 99% del consumo de cerveza en Laos) y a liar los primeros porros del día. Del centro del pueblo se dirigen dos kilómetros río arriba donde alquilan por cuatro duros unos donuts gigantes hinchables con los que se tiran al río, dejándose arrastrar por la corriente hasta el pueblo, todo ello bajo una ensordecedora música que se deja sentir a varios kilómetros a la redonda. Debo reconocer que no he presenciado el espectáculo en todo en su esplendor, pero he visto llegar a los guiris borrachos, ellas en bikini y ellos sin camiseta, andando en grupos de hasta más de veinte zombis, todos ellos con el cuerpo pintarrajeado con palabras indescifrables y dibujos inconfensables, y viceversa. Si te estás preguntando si el trinomio alcohol, drogas y río es una buena combinación, te diré que el año pasado al menos veintidós turistas murieron ahogados en las mansas aguas del Nam Song en el pueblo de Vang Vieng. Es la venganza del río frente a la injustificable afrenta exterior.

El pueblo está repleto de bares idénticos unos a otros. Mesas bajas, bancos acolchados mirando hacia el interior del bar y al fondo dos pantallas gigantes. Para regocijo de los anestesiados guiris que se encuentran llevando la resaca lo mejor que pueden o acaso empezando a generar la del día siguiente, las pantallas escupen ininterrumpidamente capítulos de la afamada serie estadounidense Friends. Uno tras otro, desde la mañana hasta bien entrada la madrugada. Las calles del pueblo se completan con tiendas que venden alcohol día y noche, multitud de puestos callejeros pero con idéntica oferta a base de pancakes, hamburguesas y zumos, y decenas de tristes intentos de agencias de viajes que ofrecen los mismos paquetes que subcontratan a las dos o tres agencias de verdad que existen en el pueblo. El otro lado del río es aún más desolador. Algunos bungalows a precio tirado se alternan entre discotecas al aire libre que por el día permanecen disimuladas pero que de madrugada, con sus luces de neón y especialmente con su sonido ensordecedor, dinamitan la poca paz que le quedaba al pueblo.

Típico bar de Vang Vieng

Típico bar de Vang Vieng.

Respecto a la nacionalidad de los benditos guiris podría ser políticamente correcto diciendo que hay un amalgama de nacionalidades, pero para qué mentir. Además de un buen puñado de británicos y australianos, la gran mayoría son estadounidenses. Me cuentan los locales que prácticamente todos los estadounidenses vienen de Tailandia y debe ser cierto porque no me crucé demasiados en Camboya y Vietnam más allá de los sesentones acompañados por jovencitas locales (prostitutas, por si alguien se ha perdido, pero esa historia ya la contaré otro día). Dice Javier Reverte, quien a mi modo de ver es el referente español de la literatura de viajes, que básicamente hay dos tipos de estadounidenses viajeros. El primer tipo es el tímido sonriente que en cuanto le das un poco de cuerda te deslumbra con su conocimiento excelso sobre mil y un lugares, con su inagotable curiosidad por el mundo, propia de un niño ilusionado, y con su enorme respeto por los demás. El segundo, sin poder parafrasear a Reverte por no tener su magnífico libro a mano (El río de la desolación), viene a ser un tarugo que piensa que Europa es un país de capital París y que el resto del mundo, a excepción de Irak y Afganistán, es otro país que Dios o la mal llamada América, si es que no son lo mismo, ha creado para su uso y disfrute, poblándolo de sirvientes de pieles extrañas como esas que viven en los suburbios de su ciudad, pero con voluntades que pueden ser dobladas por una cantidad irrisoria de billetes verdes. Este segundo tipo de turista estadounidense es soberbio, escandaloso, exagerado, irrespetuoso con los demás turistas y, lo que es peor, con los locales, le importa un pimiento la cultura o las costumbres locales y su obsesión radica en embotijarse a precio de saldo rodeándose de otros estadounidenses. Lo reconocerás por su camiseta de tirantes de color llamativo, sus chancletas, su gorra de beisbol y, especialmente, por ir acompañado de al menos otro estadounidense, patrullando la ciudad como quién lo hace en un país recién conquistado. Y comportándose como tal.

Huelga especificar el tipo de estadounidense que campea por Vang Vieng como por su cortijo, semidesnudo (o en bikini), bebiendo cerveza barata y en muchos casos, menospreciando a los locales con sus palabras y sus actitudes. Recuerdo que la noche que pasé en Vang Vieng, a eso de las doce, decidí darme una vuelta junto a la rivera del río, para ver más de cerca la bochornosa conversión de un adorable pueblecito laosiano en un resort para occidentales de dudosa conciencia. Vi un par de pieles blancas vomitando con estrépito sobre la añeja madera del soportal de una casa laosiana, un conato de himno americano cantado por unas borrachas que olvidaron la letra al poco de empezar, y a un impresentable ebrio de estupidez intentando abrazar a una somnolienta vendedora de bocadillos, la cuál intentaba evitar el contacto con muchísima más educación de la que la situación requería, especialmente teniendo en cuanta la importancia del respeto por las formas y por el espacio ajeno en la cultura laosiana. Sin embargo, algo le faltaba a la escena para que tuviese una sordidez completa. Me llamó la atención la ausencia de prostitutas en el pueblo, algo muy común en las ciudades del sudeste asiático donde hay muchos hombres occidentales. A la mañana siguiente, antes de abandonar aquel sitio que nunca debía haber pisado, pregunté a Kao, mi nuevo amigo de la recepción del hostal y, entre risas, me dijo que hasta donde él sabía, en la ciudad no había prostitutas “locales” porque no eran necesarias. El que quiera entender, que entienda.

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