Aquella mañana de calor y humedad asfixiante escogí mi camisa preferida. Blanca como la nieve, de un tejido similar al lino, muy ligera, y especialmente refrescante, siempre me había recordado a la camisa que llevaba Santiago Nasar el día en que lo iban a matar. No era para menos, pues la madrugada anterior, a mí llegada a Vietnam, el termómetro del aeropuerto de Ho Chi Minh City, antigua Saigón, marcaba 30ºC, por lo que me podía imaginar lo que me esperaría durante el siguiente día.

Abrí la puerta de mi habitación y una bocanada de aire abrasador me invitó a cobijarme de nuevo en mi refugio con aire acondicionado. Resistiendo la tentación, busqué la puerta de salida del hostal y dos pasos después me encontraba en un callejón que difícilmente podría ser descrito. Un largo pasadizo, al descubierto pero que nunca había visto un rayo de luz solar, se extendía hacia derecha e izquierda sin que yo pudiera alcanzar a ver ninguno de los dos extremos, quién sabe si por el gentío que lo poblaba desde primeras horas de la mañana, o por mi confusión inicial. Diría que de lo estrecho que era podría haber tocado las paredes de los dos lados al mismo tiempo si hubiera estirado suficientemente los brazos. Sin embargo, recuerdo como a ambos lados del callejón se disponían decenas de improvisados puestos, principalmente de comida callejera, regentados en su totalidad por mujeres que en un pequeño carro cocinaban todo tipo de delicias asiáticas, sirviéndolas mediante un alargamiento de mano a los clientes que se sentaban apretados en pequeñas banquetas desplegadas junto a las paredes. Una mujer, sentada en un sucio escalón de piedra, cosía pausadamente remiendos en un pantalón que la mayoría habríamos considerado irrecuperable. Recuerdo un zapatero de avanzada edad afanándose por colocar un desgastado tacón en un más gastado zapato femenino que al parecer había soportado más fiestas de la cuenta. Del callejón nacían a su vez otros callejones más estrechos a los que no me atreví a entrar, no por miedo sino por no perder la magia de contar con oscuros rincones todavía inexplorados. Algunas motos intentaban hacerse un hueco entre vendedoras, banquetas, niños vestidos con traje escolar jugando por el suelo y perros, bastantes perros que quién sabe si alcanzarían a contemplar el atardecer de ese mismo día estando tan cerca de los puestos de comida.

Me pareció que un caos ordenado inundaba aquel microcosmos, que los que superpoblaban la angosta callejuela estaban en paz con ellos mismos y con todas las personas con las que competían por un minúsculo espacio. Creí que estaban en armonía con la suciedad reinante y con aquel calor húmedo que te hundía contra el asfalto desconchado. Pensé que todo era un decorado poco creíble en un sueño de los que te despiertas con la frente empapada, no por ser una pesadilla sino por la intensidad de las emociones. Juraría que las motos que desaparecían por un extremo del callejón volvían a aparecer por el otro, que el mismo niño que había dejado atrás reaparecía vestido de una manera diferente, que a medida que yo andaba buscando el final del callejón, volvía a encontrar a la misma vendedora, quizás en el otro lado de la calle, quizás vendiendo otro guiso, quizás con otro rostro. Lo achaqué al excesivo calor o al cansancio extremo de un día de aeropuertos y una noche demasiado corta. Pero todas las veces que volví a recorrer ese callejón, acabé con la misma impresión de que algo no encajaba, de que no era posible que aquella aparente anarquía bañada de suciedad me provocara tanta calma y tanta fascinación. Tardé en comprender que por aquel entonces ya me había enamorado perdidamente de Asia.

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