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El autobús nocturno que me llevaba a Sucre desde La Paz paró y apagó su motor a eso de las siete de la mañana. Fue ahí cuando me desperté después de haber dormido más de ocho horas seguidas. Corrí la cortinilla y vi que estábamos atascados en una fila de autobuses y coches de la que no veía el final. Los bolivianos que iban en mi autobús se levantaron y empezaron a recoger sus cosas. De nuevo no entendía nada. Estábamos en medio del campo y desde luego aquello no era Sucre. Pregunté a un chico joven que parecía tener prisa por abandonar el autobús:

Creo que los camioneros están de huelga y han vuelto a cortar las carreteras. Ya puedes coger tu equipaje y salir cuanto antes para saltarte el bloqueo a pie e intentar llegar a Sucre en algún medio de transporte que esté esperándonos al otro lado. Como no te des prisa vas a estar esperando horas a que venga algún coche o furgoneta, o quizás tendrás que caminar los veinte kilómetros que faltan hasta Sucre.

Bloque de Sucre

Camiones bloqueando el acceso a la ciudad de Sucre.

Y así es cómo empecé el día, a la carrera, sorteando decenas de coches y autobuses parados en la carretera, hasta llegar a un punto en el que seis camiones cruzados impedían el tránsito a todo vehículo. Al otro lado, el gentío luchaba a codazos por entrar en las pocas furgonetas que iban llegando. Al poco tiempo de haber conseguido entrar en una, mi alegría se desvaneció cuando un segundo bloqueo de camiones me obligo de nuevo a cargar mis cosas a través de dicho bloqueo mientras pedía en voz baja a dioses quechuas y aimaras que aquel fuera el último. Lo fue, y de esta original manera llegué a la ciudad más bella de Bolivia.

Sucre es la luz que alumbra Bolivia. Es una ciudad para enamorarse y de la que enamorarse. Fue la capital única de Bolivia en tiempos de la colonia española y aunque ahora, según la Constitución boliviana, sigue siendo la capital oficial y de hecho alberga el Poder Judicial, tanto el parlamento como la sede del Gobierno boliviano se encuentran en La Paz. La belleza que atesora Sucre procede de esos tiempos coloniales, en los que los conquistadores españoles, imitando el estilo de los pueblos andaluces y extremeños (que allí se llama simplemente estilo español), erigieron ciudades que relucían por el fulgor de sus edificios blancos e inmaculados. Pocas ciudades coloniales se han conservado hasta nuestros días como lo ha hecho Sucre, en buena parte gracias a programas muy estrictos de conservación cultural del patrimonio, como un programa conjunto del gobierno de la región y de la Agencia Española de Cooperación y Desarrollo que suministra cal y pintura blanca gratis a todos los sucrenses para que cada año pinten las fachadas de sus casas.

Sede del Poder Judicial de Bolivia

Sede del Poder Judicial de Bolivia.

Es difícil describir el placer de sentir la calma que Sucre emana cuando paseas por su centro histórico, pisando sus calles empedradas sin apenas tráfico, admirando los monumentales edificios de blancas fachadas impolutas, los jardines excelentemente cuidados y las plazoletas con fuentes de mármol. Así cómo la mayoría de ciudades que te puedes encontrar, parecen un amontonamiento de elementos incoherentes que a lo largo de la historia han sido puestos en cualquier sitio para dar un toque original o simplemente para soterrar el ego del alcalde o presidente precedente, Sucre parece que fue diseñada de una sola vez y además por una persona brillante, consiguiendo una armonía arquitectónica digna de estudio.

En las diez horas que permanecí en Sucre, no recuerdo haberme sentado ni una sola vez. Desde mi complicada llegada matutina había oído rumores de que los bloqueos se iban a prolongar algunas semanas a partir del día siguiente, y no sólo eso, se hablaba de que los camioneros añadirían más anillos al bloqueo de la ciudad, de manera que la entrada o la salida sería totalmente imposible. Sucre me sedujo desde el primer momento, pero no tenía ni una semana de margen en mi apretado itinerario por Sudamérica, por lo que exprimí el día al máximo sabiendo que además de ser el primero quizás sería el último. Tomé una decena de colectivos (pequeños autobuses para el transporte público) para ir a los puntos más alejados, como algunos miradores o el espléndido cementerio de la ciudad. Recorrí el centro sin descanso, entrando a todas las iglesias posibles, a la universidad, al mercado central y, en definitiva, a todo lo que vi abierto. Visité la Casa de la Libertad, edificio universitario, convertido hoy en día en museo, donde se firmó la Declaración de Independencia de Bolivia y donde un año más tarde también se promulgó la primera Constitución boliviana redactada por Simón Bolivar.

Patio de la Casa de la Libertad

Anduve tanto que a media tarde sentía que conocía el centro histórico de Sucre como si hubiera estado allí una semana y como si quisiera quedarme otra semana más. Pero como el bloqueo de la ciudad iba a ser indefinido, decidí buscar soluciones antes de quedarme sin luz y sin fuerzas. Después de preguntar a unos cuantos locales por la calle y de visitar un par de agencias de viajes, me quedó claro que debía dejar la ciudad antes de las 6 de la mañana del día siguiente pasando los dos bloqueos que ya había cruzado por la mañana. Sin embargo, al otro lado, fuera de la ciudad, esta vez no me esperaría ningún transporte por lo que era una opción algo arriesgada. Estaba ya decidido a iniciar una peripecia de imprevisible final cuando, en la última agencia que pensaba visitar, me encontré a tres mochileros con los que había hablado por la mañana. Al parecer había una alternativa que no conocían en casi ninguna agencia: existía un camino de montaña sin asfaltar por el que se podía evitar el bloqueo existente en ese momento, pero no los bloqueos que montarían los camioneros los siguientes días. Al parecer, ese camino lo conocía muy poca gente y por eso los camioneros no lo habían cortado. Me pareció una historia poco creíble pero era lo único que tenía, así que negocié un precio para mí y para mis nuevos compañeros de aventura que no hablaban nada de español. El dinero lo pagaríamos en su totalidad a nuestra llegada a la ciudad de Potosí.

Calle de Sucre

Calle de Sucre.

Cuando el conductor se presentó con su coche, un turismo no demasiado grande, y vio a cuatro personas cargadas de equipaje, se negó en redondo a llevarnos por el exceso de peso. Según él, el camino no sólo era de tierra sino que tenía piedras y agujeros por doquier, además de duras subidas y peligrosas bajadas, por lo que su coche iba a destrozar los bajos nada más empezar el trayecto. Me costó más de media hora convencer al pobre chico de que pesábamos poco (a pesar de ir con un alemán de metro noventa), de que nuestras mochilas eran pequeñas (aunque no lo eran) y de que nos bajaríamos del coche y empujaríamos cuando fuera necesario. Esto último sí que lo cumplimos un montón de veces durante las más de dos horas que duró el trayecto de veinticinco kilómetros desde Sucre hasta la carretera nacional, al otro lado del bloqueo. Llegamos a Potosí pasada la media noche, agotados pero aliviados, después de la curiosa aventura. Sin embargo, el pobre conductor tuvo de tomar el camino de vuelta sin haber descansado nada, con la esperanza de llegar antes de que los camioneros establecieran el bloqueo final a Sucre, ciudad donde previsiblemente permanecería un largo tiempo.

Remolcando del coche

Alguna vez, para empujar el coche que nos sacó de Sucre, fue necesario algo más de ayuda que la de un fornido alemán y la de este humilde español.

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