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Los que tienden a ver el vaso medio o completamente vacío, te dirán que generalmente las desgracias no las puedes prever y que cuando viajas por tu cuenta por países que no son del primer mundo, lo más probable es que algo malo te suceda. Lo que no te cuentan es que tampoco podrás anticipar las situaciones divertidas, placenteras o impactantes, ni el encuentro de personas interesantes, de esas que valen la pena, o que simplemente te arrancarán una carcajada al poco tiempo de haberlas conocido o, por qué no, que serán importantes en tu vida por una larga temporada. Y cuando viajas, créeme que se dan muchas más de esas agradables circunstancias que los infortunios.

Tendría que escribir unos cuantos posts para poder dar una idea de todas las personas interesantes con las que tuve la fortuna de vivir algún momento en Sudamérica. Fueron personas de toda condición: Mochileros, voluntarios que estuvieron conmigo (a éstos les debo un post), niños, habitantes de las ciudades y pueblos que visité, turistas sudamericanos, etc. Hay muchas anécdotas que podría contar; algunas impactantes, otras emotivas, informativas (útiles para mi viaje), curiosas o, simplemente, desternillantes. Debido a la seriedad de algunos de mis últimos posts, y dada la preocupación que habéis mostrado por ellos muchos de vosotros, voy a relatar uno de esos sucesos en los que me acabó doliendo la tripa de tanto reír.

Aquella noche llegué cansado a mi hostal. Mi habitación era un dormitorio de literas compartido con otras siete personas. La habitación era cuadrada con dos literas pegadas a cada una de las paredes. Estas paredes, por una razón que desconozco, tenían un hueco que iba del suelo al techo y que medía más o menos un metro por un metro. Todas las literas estaban dispuestas contra la pared a la altura de dicho hueco, de manera que si querías acceder a él, debías pasar por la litera de abajo. El caso es que no serían ni las once y ya tenía unas ganas locas de irme a dormir. Pero cuando estaba a punto de meterme en mi cama llegó un chico oriental cargado con su equipaje. Kyu era coreano, y a pesar del cansancio de su viaje venía con ganas de hablar. Durante media hora, Kyu me contó su vida entera y también la historia de su país. Me habló de los conflictos de Corea con China y con Japón, y de cómo estos dos últimos países habían aplastado y esclavizado a su pueblo. Si no le corté, no fue sólo por educación sino porque me dio una clase magistral de historia (algo/bastante sesgada). Me dijo que no le gustaban los chinos ni los japoneses, y aunque sugerí que quizás los chinos y los japoneses actuales no tenían ninguna culpa de lo que hicieron sus antepasados, me respondió que era una cuestión de honor y punto.

En medio de la disertación de Kyu, aparecieron dos nuevos mochileros por la puerta. Una pareja bajita que se presentó, él como inglés y ella como australiana. Los rasgos orientales de la cara de la chica indicaban que su ascendencia no era británica. Kyu me lo confirmó cuando ella se dio la vuelta y con un gesto de desaprobación pero en tono burlón me dijo en voz baja: es china. A partir de ahí, el silencio se apoderó de la habitación y lo aproveché para meterme en mi cama, una litera inferior. La australo-china dormiría en la litera superior. La litera de Kyu también era inferior y el pequeño chico británico eligió dormir encima de mi nuevo amigo coreano. Un gran error para todos.

Era de madrugada y yo dormía plácidamente cuando un golpe seco me despertó. Al golpe le siguieron unos quejidos que rápidamente se convirtieron en lamentos. La habitación estaba ligeramente iluminada a través de una ventana por la que entraba la luz de una farola. Yo no veía mucho pero sabía que la acción se desarrollaba en la cama de mi amigo Kyu el coreano. Al cabo de unos instantes, como un relámpago, la chica australo-china se tiró de su litera y se metió en la cama de Kyu, al que por cierto no conocía de nada. Kyu empezó a gritar, imagino que un poco asustado al principio por el despertar con sobresalto y muy asustado después cuando vio que era una china la que se le había tirado encima. Pero la australo-china no se entretuvo con Kyu y después de aplastarle el cuello con su rodilla (como él mismo me explicaría al día siguiente), se metió en el pequeño cubículo que se abría en la pared tras la cama de Kyu. Ahí fue cuando mi aturdimiento por fin me dejó entender la situación. Resulta que el pequeño chico inglés se había caído de su litera por el cubículo de la pared. Había caído en posición fetal mirando hacia el techo, se había quedado encajado debido a las pequeñas dimensiones del hueco y no se podía mover. Su novia australo-china, rompiendo todos los tratados de paz coreano-chinos, había ido al rescate de su amado, pasando por encima, literalmente, del pobre Kyu.

Para cuando la chica consiguió desincrustar y sacar a su querido novio inglés del agujero en el que se había metido, de nuevo atravesando la cama de Kyu que estaba inmóvil atenazado por el miedo, yo creía ahogarme de la risa. Intenté evitarlo, porque aunque sabía que al desventurado inglés no le había pasado nada, la escena con tintes épico-románticos podía ser bastante embarazosa para la pareja. Otra chica noruega, al otro lado de la habitación, había estallado en un ruidoso ataque de risa, contagiando al poco a la francesa que dormía en la litera superior. Aquella catarsis terminó en la misma oscuridad en la que había empezado. Las risas se fueron apagando, los lamentos del inglés se desvanecieron y los gritos de Kyu cesaron. Nadie dijo nada y creo que todos nos dormimos tan súbitamente como nos habíamos despertado. Excepto el pobre Kyu quizás. Por la mañana, sinceramente, me planteé que todo había sido un sueño originado por las historias que Kyu me había contado la noche anterior sobre los conflictos entre Corea y China. La sensación me duró hasta que, camino del desayuno me encontré con Kyu, que se me quedó mirando muy serio y me dijo:

– Pensé que iba a morir. Te lo dije, los chinos nos odian.

Dormitory

Kyu mostrando el hueco por donde cayó el chico inglés.

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