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Me lo había advertido mi gran amigo el cooperante: Cuando vuelvas a España, y más si es en Navidad, la transición va a ser perfecta. Te acordarás de la gente que conociste en Perú, de los niños del orfanato y de todas las experiencias que viviste allí; la Navidad te chocará un poco, seguramente el derroche consumista te provocará rechazo, y esa felicidad un tanto forzada te parecerá artificial, pero estarás emocionado por volver a ver a tu familia y a tus amigos, y por caminar en las calles de tu pueblo bajo las luces de colores. Te pasarás horas hablando de tus aventuras por Sudamérica porque serás “el que acaba de volver de Perú” y tendrás la atención de todos. Te sentirás bien. Lo peor te vendrá unas cuantas semanas después.

Al cabo de un tiempo, poca gente recordará que estuviste en ese pozo de miseria y de despropósitos. Pero tú sí que te acordarás, ya lo creo que te acordarás. Te acordarás de las caras de todos los niños, de sus nombres y especialmente de sus historias. Esas historias que no querrás contar en tu blog para ocultar la identidad de los pequeños o acaso para preservar la poca dignidad que todavía conservan a pesar de sus circunstancias y, por qué no decirlo, a pesar de la inmoralidad de los hombres de allí, por sus acciones, y de los de aquí, por mirar hacia otro lado colaborando con un sistema injusto que no sólo mantiene situaciones como aquellas sino que las fomenta. Soñarás con algunas de esas historias y te despertarás sobresaltado, angustiado por la sensación de que uno de esos niños ha sufrido esta noche un nuevo tormento que se podía haber evitado. Te plantearás que quizás alguno de ellos no haya podido soportar más la situación en la que vive, privado de un futuro digno, sujeto a un destino del color de sus uñas.

Algunos ratos te sentirás algo culpable. Creerás que podías haber hecho mucho más cuando estuviste allí, que podrías haber estado más tiempo con ellos o con otros chavales en situación similar que no llegaste a conocer pero que sabes que existen. Pensarás que quizás deberías volver para ayudar un poco mejor de alguna manera que se te ocurra una vez hayas vuelto a tu país. Como si pudieras arreglar mucho.

En tu vida cotidiana habrá días en los que te plantees que con el dinero gastado en las tapas y cañas que te estás tomando, podrían comer y cenar en condiciones los treinta y tantos chavales. Eso ya lo sabías antes, incluso habías visto documentales de niños desnutridos, abandonados, víctimas de toda clase de abusos e injusticias. En esas ocasiones te había durado el disgusto hasta la cena, hasta el desayuno del día siguiente a lo sumo. Pero cuando no hay un televisor de por medio, la descorazonadora desesperanza que lees en los ojos de los niños tarda más en perderse por el mundo de los recuerdos. Al interactuar con ellos comprobarás rápidamente que independientemente de su educación (o su falta de la misma), del color de su piel, del idioma que hablen o de la tierra que les vio nacer, son niños, con las mismas ilusiones y los mismos miedos que los niños que juegan en el parque frente a tu casa en Europa. Sin embargo, viviéndolo allí en el terreno, la cuota de derechos y privilegios de los niños de aquel lado del Atlántico te parecerá ridícula comparada con la que tienen los de aquí. Es ahí cuando comprenderás un poco mejor la dimensión humana de los niños de allí, como antes no podías haberlo hecho por muchos reportajes que te hubieras tragado. Y es por eso que el sufrimiento que hayas visto, y el que preveas para su futuro, lo padecerás como una fría punzada en el pecho que no acaba de cicatrizar.

Cuando estés en casa, en tu cómoda cama, bajo el calor de las limpias mantas, sentirás que todo lo que viviste te cambió para siempre, y aunque creas que quizás fue para mejor, también te habrá dejado un poso de amargura que sólo serás capaz de vislumbrar una vez se hayan disipado los restos de la cálida bienvenida de los tuyos, después de tu llegada a esta burbuja del bienestar llamada Europa. Y tendrás que vivir con ello durante mucho tiempo. Quizás para siempre. Afortunadamente.

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