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Viajé de Copacabana a La Paz en un destartalado autobús ocupado casi en exclusiva por bolivianos. Cuando hablo de Copacabana me refiero a la ciudad boliviana bañada por el lago Titicaca y no debe confundirse con el barrio de Río de Janeiro donde se encuentra la playa más famosa de Brasil. La Copacabana brasileña recibe ese nombre por tener una réplica de la patrona de Bolivia, la Virgen de Copacabana, que fue llevada de la Copacabana boliviana a Brasil por mercaderes peruanos en el siglo XVII. Y es que Copacabana significa en quechua “mirador del azul”, pero no del azul del océano Atlántico, sino del lago Titicaca.

No tenía muchas esperanzas depositadas en el trayecto que me llevaría de Copacabana a la capital boliviana: esperaba poco recorrido al lado del lago Titicaca, escasez de montañas por encontrarnos en el altiplano y, especialmente, una profunda oscuridad de noche sin luna en una carretera sin iluminación artificial. Pero los viajes de autobús a menudo te traen fascinantes sorpresas. Al poco de haber salido, el autobús se paró y la gente se empezó a bajar de manera natural y sin que nadie se lo pidiera. Aunque evidentemente aquellas pocas casas en medio de la campiña no eran La Paz, me bajé del autobús siguiendo a la masa como acostumbro a hacer cuando estoy en un país que no es el mío (y desgraciadamente también en el mío alguna vez). A unos cincuenta metros delante del autobús, la carretera acababa súbitamente y en frente de nosotros se abría de nuevo el lago Titicaca en forma del estrecho de Tiquina. Al parecer el autobús debía atravesar el estrecho por su cuenta mientras que los pasajeros pasaríamos en unas pequeñas lanchas motoras. Supuse que el bus no flotaría sobre las aguas ni tampoco las apartaría a su paso cual Moisés en el mar Rojo. Y efectivamente, desde la otra orilla pude divisar como el autobús era subido a una precaria barcaza de madera sobre la cuál pudo atravesar el lago. No fue el milagro de Moisés pero no me pareció que se le quedara muy lejos.

Barcazas en el estrecho de Tiquina.

Barcazas para transportar autobuses en el estrecho de Tiquina.

La Paz es una ciudad tosca y sin brillo. La capital más desprovista de belleza que haya tenido la ocasión de visitar. Tiene una catedral tristona que no está en el centro y un centro aburrido que no tiene una plaza importante. Pensaba pasar dos días en ella y al mediodía del primero ya no sabía qué hacer. Decidí hacer caso a una amiga que había vivido allí algunos meses y que me dijo que lo único que realmente merecía la pena visitar era El Alto, ciudad adosada a La Paz en la cumbre de una colina desde la que se puede ver una interesante vista de la capital. Negocié con un taxista el precio de subir hasta El Alto, parar un rato allí arriba disfrutando de la panorámica y volver a bajar.

Mercado de las brujas

El Mercado de las Brujas, uno de los mayores atractivos de La Paz.

Compartí con Hernán, el taxista, dos horas de coche que me supieron a poco. El tipo era extrovertido y muy agradable, así que estuvimos hablando sin parar durante todo el recorrido. Hernán tendría unos cincuenta y pocos años muy bien llevados, no estaba casado y se le veía bastante feliz por ello. Me comentó que nunca había salido de Bolivia ni tan siquiera de los alrededores de La Paz. Le pregunté por qué.

– Lo cierto es que para los locales nos supone mucha plata desplazarnos a otras ciudades y tampoco hay nada que me interese especialmente. Quizás Sucre, la antigua capital del país. Me han dicho que es muy bonito, mucho más que nuestra gran hoyada gris.

Llegamos a El Alto y, dada la confianza que nos habíamos ganado durante la ascensión, Hernán me preguntó si me importaba que paráramos a comprar unas frutas que por lo visto eran mucho más baratas allí arriba. Le dije que no tenía ninguna prisa y que podíamos darnos una vuelta por los mercados. Decenas y decenas de puestos callejeros poblaban los lados de las calles, abarrotadas de tanta gente que los coches tenían serias dificultades para avanzar. Había puestos de todo tipo de alimentos, ropas, calzados, artículos religiosos e incluso medicamentos de dudosa procedencia. Encontré a un predicador cristiano, subido a unas cajas de frutas, amenazando a las masas a voz en grito sobre el final del mundo terrenal en 2012, sobre los horribles pecados que habíamos cometido y sobre un juicio final de previsibles consecuencias nefastas para la gran mayoría de nosotros. Me gustaría decir que nadie le hacía ni caso, pero conté más de un centenar de personas escuchando debajo de aquel tipo, en silencio y con rostro apesadumbrado.

– Hernán, ¿qué opinas del fin del mundo de 2012? -pregunté cuando estábamos de nuevo en el coche.

– Yo no creo que este mundo se vaya a acabar como creen casi todos esos. Pero si tanto se habla es porque algo malo va a pasar.

Vista panorámica de la Paz

Vista panorámica de la Paz desde El Alto.

No seguí preguntando. De vuelta a La Paz, Hernán aparcó el coche de mala manera a un lado de la carretera y me dijo que aquel era el lugar más bonito que él conocía para contemplar la ciudad. Fue la primera vez que me gustó La Paz, y debo decir que me gustó bastante. La gran hoyada, abarrotada de casas se abría ante nosotros como un mar de ladrillos. Las casas trepaban por las colinas hasta alcanzar las cimas más bajas. Al fondo, la Cordillera Real presidía la escena, y el Illimani, su montaña más alta (6.438 m), se mostraba inexpugnable, por encima del bien y del mal e incluso por encima de las nubes. Decidí que ese era el recuerdo que quería conservar de La Paz, por lo que abandoné la capital boliviana esa misma tarde en cuanto Hernán me devolvió al centro de la hoyada.

Vista del Illimani

Vista de La Paz con el Illimani al fondo.

Ya en el autobús nocturno, mientras dejaba la ciudad atrás y antes de dormirme, reflexioné sobre lo angustiosa que me había parecido La Paz desde dentro y la intensa placidez que la misma ciudad me proporcionó cuando la contemplé con perspectiva. Me pareció que La Paz era como esos problemas de los que debes alejarte antes de poder abordarlos como merecen o al menos para poder estar en paz con ellos.

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