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Abandoné Puno en la tarde del día siguiente. De todas las ciudades peruanas que visité en Perú, Puno me pareció la más sosa e insípida desde el punto de vista urbanístico y arquitectónico, seguramente por carecer de un verdadero centro colonial como los que se pueden encontrar en Cuzco, Arequipa o Lima. No obstante, aquella mañana de sábado soleado, antes de partir hacia Bolivia pude comprobar que las calles de la ciudad bullían con la intensidad característica de las gentes del altiplano peruano. Improvisados mercados de frutas y verduras poblaban las calles aledañas a la catedral y numerosas iglesias acogían la primera comunión de decenas de niñas. Todas ellas lucían un vestido blanco inmaculado e iban tocadas con un bonito velo bordado. No vi sin embargo a ningún niño comulgando. Me llamó la atención el gran número de vendedoras de flores y velas, obsequios que los familiares entregaban a las niñas recién comulgadas. En la acera de en frente, de otra iglesia salía un joven matrimonio recién casado. En seguida se organizó en el mismo patio de la iglesia un baile de los novios y de los familiares más cercanos; unos mariachis cantaron algunas rancheras mientras los novios estrenaban sus primeros instantes como casados danzando bajo una lluvia de pétalos de flores.

Boda en Puno.

Baile de los novios a la salida de la Iglesia.

Elegí la ventanilla en el lado izquierdo del autobús, lo que me permitiría observar el Titicaca durante todo el trayecto entre Puno y la ciudad fronteriza boliviana de Copacabana. Mereció la pena contemplar la belleza de un lago que a medida que nos desplazábamos iba acariciando todas las tonalidades desde un intenso azul marino hasta un frío gris acerado. Durante tres horas tuve la oportunidad de comprobar que en la orilla sur del lago apenas había poblaciones de un tamaño considerable y que gran parte de sus gentes se dedicaban al pastoreo vacuno y bovino.

Vista desde la ventanilla.

Vista del Titicaca desde la ventanilla del autobús.

Llegué a Copacabana a tiempo de disfrutar de la puesta de sol en la misma playa, justo delante del hotel en el que me alojaría. De nuevo tuve la sensación de estar frente a un mar en calma que mecía suavemente las embarcaciones del pequeño puerto. Me di una vuelta por Copacabana y salí a cenar acompañado de dos encantadoras españolas que conocí esa misma tarde en el pueblo; al igual que yo, habían viajado a Copacabana para viajar a la Isla del Sol al día siguiente.

La Isla del Sol es la isla más grande del lago Titicaca, se encuentra en la parte oriental y pertenece a Bolivia. Cuenta la leyenda que en la Isla del Sol, el dios Inti (dios Sol) creo de la espuma al primer inca Manco Cápac y a su hermana/esposa Mama Ocllo. No debe asustarnos demasiado este incesto en la pareja original ya que este simbolismo es bastante común en otras culturas (como en el caso de los hermanos egipcios Isis y Osiris). El dios Inti ordenó a la pareja que vagara por la tierra con un cetro de oro que debería ir hundiendo a lo largo de su camino. Manco Cápac y Mama Ocllo se establecerían en el punto en el que el cetro se hundiera por completo para formar la capital de un imperio. Hoy en día conocemos a ese imperio con el nombre de Imperio Inca y el punto donde se hundió el cetro de oro se encuentra en la ciudad de Cuzco.

Llegada a la Isla del Sol.

Mi llegada a la Isla del Sol.

Desde el barco me sorprendió la altura de los cerros de la Isla del Sol. Cuando tuve que subirlos, más que sorprenderme me extenuó. La isla tiene dos puertos principales, uno en el norte y otro en el sur. El barco, cargado de una veintena de turistas a lo sumo, nos dejó en el puerto del norte junto a las ruinas de mayor interés en la isla. Junto a las dos españolas, visité lo que queda del Palacio de Pilkokaina, una construcción de tiempos incaicos dedicada al culto al dios Inti. También nos detuvimos frente a la Roca Sagrada o Roca de los Orígenes, de la cual, según cuenta la leyenda, surgieron los primeros incas Manco Cápac y Mama Ocllo. Disfrutando de aquel paisaje de roca clara y mar de color azul penetrante pensé que aquel no era un mal sitio para venir a este mundo.

En lugar de tomar el barco en el mismo puerto del norte y desplazarnos al sur, decidimos atravesar la isla a través de un camino que la cruza de norte a sur. La persona que diseñó el sendero debió esmerarse para hacerlo pasar por el mayor número posible de cumbres, de manera que las cuatro horas que dura la caminata las pasas cuesta arriba o cuesta abajo. Todo esto a 4000 msnm. Me preguntaron posteriormente si recomendaría la caminata o si es mejor ahorrarse el gran esfuerzo y hacer toda la visita en barco. Si estás leyendo esto porque estás planeando tu visita a la isla sagrada no lo dudes ni por un momento: contemplar los paisajes desde las crestas de la Isla del Sol, es una de las mejores experiencias que puedes vivir en el lago Titicaca.

Vista desde la Isla del Sol.

Vista desde la Isla del Sol.

El trayecto de vuelta a Copacabana lo disfruté de nuevo en la cubierta del barco. Se me pasó en un suspiro, como casi todo lo que se vive con la emoción de desear que no acabe jamás. Nunca el sol me había parecido tan poderoso como aquel día. La luz inundaba todo; el sol se mostraba orgulloso en lo más alto del firmamento, el horizonte se doblegaba ante la inmensidad del lago y el agua reflejaba la luz procedente de la colosal bóveda celeste. Estoy convencido de que cuando el dios Sol encontró aquel paraíso, no tardó mucho en convertirlo en su propio centro de culto, en el lugar más sagrado del planeta tierra.

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