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Recuerdo con claridad cristalina la primera vez que avisté el lago Titicaca. El reloj todavía no marcaba las cinco de la mañana y un cielo anaranjado salpicado con minúsculas nubes, restos de una noche con bruma, bendecía las aguas del lago más conocido del continente americano. Mi autobús nocturno acababa de llegar a la estación de Puno, capital del altiplano peruano y ciudad más importante a orillas del Titicaca. Nada más bajarme del vehículo, en lugar de dirigirme al edificio de la estación para salir de la misma, anduve hasta la verja del aparcamiento, cargado con mi equipaje y sorteando autobuses, sin poder esperar ni un minuto más para contemplar el afamado lago.

El lago Titicaca antes del amanece

El lago Titicaca antes del amanecer.

El Titicaca, a 3810 msnm, es el lago navegable más alto del mundo y está entre los veinte más grandes. La soberanía de sus aguas está divida entre Perú y Bolivia, siendo ligeramente mayor la porción perteneciente al primer país. Tras la Guerra del Pacífico, Bolivia perdió la franja costera del Pacífico en beneficio de Chile, por lo que desde entonces, el Titicaca es lo más parecido que tiene a un mar. Desde un punto de vista etnográfico e histórico, el mayor atractivo del lago se encuentra en algunas de las islas que posee, las cuales han sido pobladas ininterrumpidamente desde hace algunos miles de años por lo que conservan diferentes culturas y tradiciones de especial interés. En el lado peruano (occidental) destacan las islas flotantes de Uros y la isla de Taquile, mientras que en el lado boliviano (oriental) la estrella es la Isla del Sol, sagrada para los Incas y de la que hablaré en el siguiente post.

Mapa del lago

Mapa del lago Titicaca (fuente).

Eran las siete de la mañana en Puno y ya estaba embarcado en un tour que duraría toda la jornada y que me llevaría por las islas peruanas. Aunque no soy muy amigo de esta clase de tours de pocas horas, que te suelen llevar a la carrera de un lugar a otro, llenándote la cabeza de datos que en su mayoría no recordarás a la hora de la cena, parecía ser la única manera de ver las islas flotantes de Uros. Estas islas, muy cercanas a la costa, son artificiales y están construidas por los propios habitantes mediante una base de tierra y una superficie de paja de totora (un junco común en Sudamérica). Visitamos una de ellas, que tendría un tamaño de unos 40×40 metros. El jefe del clan que habitaba la isla, ataviado con la vestimenta de la etnia uros (no sé si por gusto o por negocio), nos explicó paso por paso cómo construyen estas islas flotantes que pueden estar en uso hasta sesenta o setenta años. Posteriormente, nos separaron a todos los turistas en pequeños grupos para que las mujeres pudieran enseñarnos sus casas y, de paso, para intentar vendernos toda clase de artesanía. Confieso que no compré nada, pero era el único turista que hablaba español, así que me ofrecí de intérprete en cinco o seis compras de australianos, canadienses y franceses. Abandoné la isla sonrojado, ante una lluvia de efusivos agradecimientos por parte de las mujeres de la isla. Eso sí, no vi ni rastro de mi merecida comisión.

Isla de Uros

Vista desde el barco de una de las islas de Uros.

El barco se dirigió entonces hacia Taquile, isla habitada por unas dos mil personas y que daría para escribir un libro entero sobre su sociedad y sus costumbres. No me quiero extender con muchos detalles, pero me gustaría comentar que sus habitantes rara vez se casan con gente de fuera de la isla y que observando la vestimenta y el sombrero de cada hombre, se puede deducir su posición social y conyugal. Hay al menos tres cosas que no podrás encontrar en la isla de Taquile: perros, policías y vehículos motorizados.

Isla de Taquile

Vista de la Isla de Taquile.

Aunque la isla no es muy grande, para llegar al centro de la única población hubo que ascender más de quinientos escalones desde el embarcadero principal. El esfuerzo durante la subida debido a la altitud era considerable incluso para los que ya estábamos aclimatados hacía varias semanas. Sin embargo valió la pena, porque la vista que se apreciaba desde lo más alto me arrebató el poco aliento que me quedaba. El lago, de un azul intenso y brillante bajo el sol del mediodía, me evocaba sensación de mar; recuerdo haber pensado en el mar Egeo. El Titicaca, seguramente el mar más cercano al cielo, se mostraba dormido pero con la dignidad de los que se saben importantes y a la vez conservan la sencillez.

Vista del lago Titicaca

Vista del lago Titicaca.

Pasé las dos horas que se tarda en cubrir el trayecto de vuelta entre la isla de Taquile y la ciudad de Puno tumbado en la cubierta de la embarcación, bañándome en los rayos del vigoroso sol del altiplano, atenuados por una agradable brisa. Traté de imaginar el día a día de las gentes que vivían en la isla de Taquile, seguramente no muy diferente a las de sus antepasados de siglos atrás. Pero algo cortaba mi cadena de pensamientos cada poco tiempo. Constantemente tenía la sensación de encontrarme en una excursión marítima y sin embargo al Titicaca le faltaba un pequeño detalle para ser el mar que siempre quiso ser. Pensé que el Titicaca es un mar tan bello al que los dioses, quizás al sentirse amenazados por esa belleza y por su proximidad al cielo, le han robado el olor a mar.

Lago Titicaca

Embarcación a motor surcando el lago Titicaca.

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