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Continuación de: Mi experiencia dentro de un campamento de minería ilegal de oro (II) 

Seguimos caminando en silencio durante un buen rato. Aquel campamento que en principio parecía tener sólo unas pocas construcciones, se iba abriendo cada vez más y más. Mi amigo se recompuso y comenzó a preguntar por su hermana Elsa que supuestamente debía trabajar por allí. Siempre lo hizo alejándose de mí un poco, lo que me impidió escuchar las conversaciones, pero a juzgar por las caras de la gente ni la conocían ni nos querían ver por allí. Después de andar un rato llegamos a una especie de plaza central. Curiosamente había unos cuantos comercios de lo más variopinto, desde venta de refrescos hasta un cibercafé con conexión a internet vía satélite. Eso sí, todo dentro de las mismas construcciones hechas a base de maderos, plásticos azules y suelo de tierra.

Esa “zona comercial” nos pareció un poco más segura y mi amigo me propuso ir a buscar a su hermana por el campamento mientras yo me quedaba esperando junto a los equipajes. No pasarían ni cinco minutos hasta que vino corriendo con una sonrisa de oreja a oreja. Era evidente que la había encontrado.

Caminamos juntos unos cincuenta metros hasta llegar a la mejor construcción que vi en todo el campamento. Era bastante grande, más elegante que el resto, lo que no era difícil, y en esta ocasión, los plásticos cubrían toda la pared hasta el techo. Dos cortinas de un rojo intenso impedían, a modo de puerta, la visión del interior desde la calle. Me llamó la atención que, a diferencia de otras construcciones, ésta tenía un nombre escrito en colores brillantes junto a la entrada: “Palacio de la Pasión”.

Palacio de la pasión

Exterior del “Palacio de la Pasión”.

El interior del “palacio” era similar a un típico bar peruano a excepción de que no tenía ventanas. Las paredes estaban cubiertas por unas mallas negras decoradas con fotos y grafitis, y el suelo estaba formado de tablas de madera, colocadas de forma más que aceptable. Dejé que mi amigo hablara tranquilamente con sus familiares mientras yo me sentaba en una silla de plástico en el centro del bar preguntándome qué hacía un tipo como yo en un sitio como ese. El suelo daba buena cuenta de la juerga de la noche anterior, pegajoso por la cerveza derramada y cubierto de algunos cientos de chapas. Por lo visto me encontraba en el local de moda del campamento.

Alcides no tardó en salir sonriente de la trastienda y me invitó a dar una vuelta por los alrededores. En ese punto, con un cobijo más o menos asegurado y teniendo gente conocida en el campamento, me sentía más que emocionado con la idea de ver de cerca la realidad de de la extracción ilegal de oro. Escogimos una dirección al azar para alejarnos un poco del mar de construcciones con plásticos, porque sabíamos que en toda la periferia del campamento había decenas de hombres trabajando. El paisaje era desolador. Un gigantesco barrizal cubría todas las proximidades del campamento. Había grandes lagunas de color café diseminadas por la planicie. Al fondo se veía el contorno de la inmensa selva, que esperaba pacientemente para ser devorada.

Nos acercamos a lo que parecía un grupo autónomo de mineros. Eran seis jóvenes de los que dudo que alguno superara la mayoría de edad. Vestían desgastadas sudaderas con capucha, pantalones cortos y chancletas. Estaban totalmente manchados de lodo e incluso alguno de ellos se encontraba dentro de la laguna con el agua por encima de las rodillas. Mi amigo nos presentó, a él como el hermano de Elsa, y a mí como su amigo turista. Les preguntó qué hacían y al principio ellos contestaron con monosílabos. Me pareció que en esta ocasión los chavales estaban más distantes por la timidez que por desconfianza. Seguimos intentando hablar con ellos y, a fuerza de preguntar amablemente y hacer algunas bromas, se empezaron a soltar. Al parecer, algunos de ellos estaban intentando arrancar el motor de extracción de agua, que por lo visto se había obstruido con algún tronco. Los demás simplemente esperaban descansando de una noche larga, puesto que el turno de noche estaba cercano a su fin. Algunos habían trabajado casi un día completo y los demás deberían trabajar hasta la caída del sol. En ese grupo los turnos eran siempre de veinticuatro horas. Les pregunté lo que habría preguntado cualquiera:

– ¿Dónde está el oro?

– El oro de la selva no está en pepitas cómo en el salvaje oeste de las películas de los gringos –me respondió el más extrovertido.- Aquí se encuentra en polvo mezclado con la arena del suelo y eso hace que sea más complicado separarlo.

– ¿Cómo lo separáis entonces?

– Te lo explicaría pero tengo que trabajar porque por allí a lo lejos viene mi jefe y no le va a gustar que esté perdiendo el tiempo, lo siento –dijo el chaval señalando a una moto que se acercaba hacia nosotros.

Cuando estaba a unos pocos metros de nosotros, pude apreciar que el hombre de la moto, de unos treinta y tantos años, vestía una impoluta chaqueta negra, vaqueros de marca y zapatillas de último modelo. De piel muy morena y cabello corto, aquel hombre nos escrutó de arriba a abajo antes siquiera de haber bajado de su moto de alta cilindrada. Mi amigo, sin dejarle tiempo para articular palabra, se presentó de nuevo como el “hermano de”. En esta ocasión yo me presenté, mirando al tipo a los ojos y con una sonrisa:

– Yo soy amigo de él y vengo de vacaciones a la selva, pero estos días le voy a acompañar en su visita a la familia. Como andábamos por aquí nos hemos acercado, por curiosidad, para ver cómo funciona todo esto.

Nuestra sinceridad funcionó mucho mejor de lo que podríamos haber soñado. Héctor, que así se llamaba el jefe de aquellos chavales, se mostró confiado y muy atento conmigo. Me dijo que tenía tiempo para contarme todo lo que quisiera y de esta manera empezó el tour más surrealista que he tenido la ocasión de disfrutar. Durante casi dos horas, Héctor nos acompañó a ver algunas partes de la mina a cielo abierto explicándonos todo tipo de detalles, cifras y curiosidades. La anécdota estrella de la semana parecía ser la muerte de tres chavales por asfixia. Al parecer éstos se encontraban en el fondo de un boquete, de los muchos que se observaban por el suelo, disparando con agua a presión a una de las paredes donde había un estrato con bastante cantidad de oro cuando, de repente, un corrimiento de tierra los sepultó. Según Héctor, cada vez que el traicionero suelo amazónico cedía soterrando a alguien, no había nada que se pudiera hacer por su vida. La tragedia había sucedido dos días antes de mi visita y Héctor lo contó con una naturalidad que me dejó helado.

Héctor mostrando un socavón

Héctor mostrando el lugar donde habían fallecido los jóvenes dos días atrás.

Después del recorrido, volvimos con los trabajadores de Héctor y allí empezó su clase magistral. Sobre el terreno, Héctor nos explicó paso por paso el proceso desde que el oro se encuentra en polvo mezclado con la arena hasta que se obtiene una bola de un amalgama de oro y mercurio (contaré los detalles del proceso en un tercer post sobre este tema). Creía que ya había visto todo lo posible cuando, para mi sorpresa, Héctor me invitó a acompañarle a una establecimiento de compra de oro en el corazón del campamento. Allí, quemó la bola con un soplete, evaporando el mercurio (proceso ecológico donde los haya) y obteniendo finalmente un fragmento de oro puro de veinticuatro quilates. Héctor cambió su pequeño tesoro dorado por una desorbitada suma de dinero, se dio la vuelta y me dijo:

– ¿Sabes cuál es mi problema?

– No lo sé, Héctor, ¿cuál es?

– Mi problema es que estos vendedores del campamento imponen unos precios muy bajos del oro. Ellos lo sacan ilegalmente del país y obtienen grandes márgenes. Quiero saltarme ese paso y vender el oro fuera del Perú. ¿Por qué no trabajamos juntos? Tú podrías ser el contacto que necesito en España para poner en circulación el oro a un buen precio. Creo que no te imaginas cuánto dinero podrías hacer –me contestó Héctor sin dejar de mirarme a los ojos.

No lo vi venir. Claro que me había planteado varias veces qué sacaría Héctor de todo aquel tour con el que nos había obsequiado, pero ni se me había pasado por la cabeza que me hubiera visto como un potencial socio. Decliné amablemente la oferta argumentando mi poca experiencia en negocios de importación de asuntos “delicados” y me despedí lo mejor que supe, dándole las gracias por aquella impagable lección de minería ilegal.

Sentía que el día había durado lo que tardan dos y ni tan siquiera eran las once de la mañana. Volví con Alcides al “Palacio de la Pasión”, en cuya trastienda su hermana nos sirvió un buen plato de pasta con sardinas en lata y una gran taza de café aguado. Para llegar desde el bar a la trastienda, sin salir de la enorme construcción de plásticos y maderas, había que atravesar, mediante unos tablones clavados de manera más que precaria, una especie de laguna sucia que cruzaba la tienda de lado a lado y en la que flotaban todo tipo de basuras. En esa trastienda, con lago y vertedero incluidos, es donde los trabajadores del bar hacían su vida diaria, cocinando con un hornillo de gas y durmiendo en sucios colchones tirados por el suelo de tierra húmeda. Allí es donde conocí a la joven María, prima de Alcides, a su marido, y a otras cinco chicas menores de edad que trabajaban en el “Palacio de la Pasión”. Las chicas, a las que calculé una edad de entre catorce y dieciséis años, tenían para cada una de ellas un diminuto cubículo privado, separado de los demás por los consabidos plásticos. Honestamente, no me atreví a hablar con ellas delante de los dueños del local, pero me habría encantado conocer sus historias.

Trastienda del palacio

Trastienda del “Palacio de la Pasión”. Los plásticos delimitan distintas estancias donde duermen las chicas.

Después de la comida, salí de nuevo con Alcides a pasear por el campamento. Esta vez fuimos a otra zona más alejada, donde trabajaban otros grupos de mineros ilegales. Si la visita de la mañana junto a Héctor había sido un camino de rosas, la tarde nos tenía reservadas todas las espinas. Durante el paseo, de poco más de una hora, hasta cuatro hombres se nos acercaron por separado, de malos modos y con actitud agresiva, para reprocharnos nuestra presencia allí. Todos portaban un gran machete en la mano, imprescindible para cualquiera que deba abrirse camino en la selva. La presencia de esos machetes, aunque no suponía una amenaza directa, no ayudó a rebajar la tensión. Si bien siempre utilizamos nuestra reciente “amistad” con Héctor para suavizar las situaciones, parecía no ser suficiente excusa para que unos desconocidos, y especialmente un europeo, estuviesen husmeando en sus ilegales negocios. Me dijeron que no podía hacer fotos, que me iban a quitar la cámara y que no iban a permitir que hiciera otro reportaje difamando a los mineros ilegales como el que había hecho Discovery Channel. De hecho, en una ocasión me preguntaron que si era un periodista del propio Discovery Channel. Todavía no he conseguido encontrar el famoso documental.

Vista del Campamento

Vista de varias construcciones utilizadas para la extracción de oro.

Decidimos volver con Héctor, nuestro guía particular, para volver a estar en un entorno medianamente seguro, pero lo que fuera que hubiese comido no le debía haber sentado bien, porque por la tarde lo encontramos arisco y parco en palabras. La última señal divina que conseguí interpretar fueron las inconexas palabras de un borracho que se nos acercó y de las que sólo entendí “ten cuidado, la gente está hablando de vosotros y no quiere que estéis aquí”. Fue en ese momento cuando decidí que no pasaría ninguna de las dos noches previstas en aquel campamento, que ya tenía bastantes respuestas, experiencias y fotos. Sé que me habría encantado pasar la noche en la trastienda de un miserable prostíbulo levantado, sobre un suelo húmedo y sucio, a base de maderas, plásticos e indignidad. Allí en el medio de la selva, habría podido vivir una emocionante experiencia y también habría podido relatar a mucha gente más detalles sobre las circunstancias de la extracción de buena parte del oro que regalan a sus novias, maridos, etc. Puedo imaginar algunas historias que habría vivido, rodeado de peleas de borrachos, de niñas alquilando sus inocentes cuerpos para mantener a sus familias allende los Andes, de chicos imberbes bebiendo alcohol hasta quedar inconscientes intentando olvidar la desgracia diaria de comerciar con su salud y quién sabe si también su vida, a cambio de unos ingentes salarios. Pero cuando se viaja, como en cualquier momento de la vida, hay que intentar encontrar un equilibrio entre riesgos y beneficios, y si bien los beneficios habrían sido altísimos los riesgos me parecieron desproporcionados.

Pasé mi última hora en aquel campamento hablando con el joven marido de María, también trabajador del “Palacio de la Pasión”, haciéndole decenas de preguntas sobre la minería y sobre el funcionamiento del prostíbulo en el que trabajaba. Al parecer, las chicas no podían realizar sus servicios en el “Palacio”, sino que debían ir junto a los clientes a otros “hostales” del campamento. Cada chica pagaba a Elsa, la dueña del prostíbulo, veinte soles (unos seis euros) cada vez que salía con algún cliente, negociando el precio del servicio directamente con el propio cliente. El precio de las cervezas en el “Palacio de la Pasión” era similar al que te pueden cobrar en los Campos Elíseos en París o en la Piazza Navona en Roma, aprovechándose de las grandes cantidades de dinero que pueden hacer los mineros cada día y de la lejanía de las ciudades más próximas. Las chicas cobraban una comisión de dos soles por cerveza vendida, de manera que emborrachar a los clientes era un negocio doble para ellas. Cuando le pregunté si las chicas eran mayores de edad, se encogió de hombros a modo de respuesta y decidí no insistir.

Abandoné el campamento antes de la caída del sol, que por fin se había dignado a aparecer, en un coche que Alcides paró en la Carretera Interoceánica sólo para mí, puesto que él pensaba quedarse con su hermana algunos días más. Después de negociar el precio con el conductor y de cargar mi equipaje, me despedí de Alcides dándole las gracias por la inesperada experiencia brindada. Antes de que el coche arrancara volví a arremeter con una de las preguntas que llevaban algunas horas atormentándome:

– Alcides, ¿cuántos años crees que tienen las prostitutas?

– ¿Qué prostitutas? –contestó.

– Las que trabajan en el bar de Elsa, tu hermana.

Puso cara de no entender nada y se quedó en silencio mirándome indefinidamente.

– Las chicas jóvenes que estaban allí, en las trastienda -insistí.

– ¡Ah, las chicas! ¡No son prostitutas! Son trabajadoras para ayudar a los borrachos -respondió tranquilo con una relajada sonrisa infantil sin contestar realmente a mi pregunta.

Ese fue uno de esos momentos recurrentes donde no supe si Alcides estaba intentando engañarme, si no se estaba enterando de nada, o si el que no había entendido nada era yo. Opté por creer lo segundo mientras el coche se alejaba de aquel sórdido oasis rodeado de selva amazónica. Todavía podía ver a Alcides agitando su mano y desdibujándose en la lejanía de la Carretera Interoceánica cuando respiré profundamente sumergiéndome en un mar de pensamientos contradictorios, sintiéndome afortunado por haber podido vivir esa experiencia, y a la vez totalmente apesadumbrado por el baño de cruda realidad que acababa de recibir.

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