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Llevaba demasiado tiempo en ese limbo que separa dos mundos, el real y el de los sueños. Lo sabía ya hacía mucho y sentía ganas, bien de desperezarme o de dormirme profundamente, pero, dadas las condiciones, ese duermevela era lo único a lo que podía aspirar aquella madrugada. El aire era pesado, caliente y sofocante, tan húmedo que las gotas de agua se condensaban en mi frente luchando con las de sudor por encontrar un espacio libre. No sabía cuántas horas había pasado de esta manera, entreabriendo los ojos de cuando en cuando, especialmente cuando intuía tímidas luces a lo lejos, que intentaba apagar cerrando los ojos otra vez, pero que se hacían más y más evidentes a través de mis párpados cuando estas luces que venían en sentido contrario estaban casi a mi altura, y que, desapareciendo súbitamente, daban paso a la nada, a la más absoluta de las oscuridades posibles. El amplio asiento en el que me encontraba recostado se balanceaba levemente al son de las irregularidades de la carretera, y el motor hacía tanto que ronroneaba uniformamente, que su sonido bien podría haberse confundido con el mismísimo silencio. Tenía un pie en un autobús. El otro pie, el de los sueños, no sé dónde lo tenía, pero recuerdo que estaba en un mundo que me parecía más real que aquellas luces acercándose y extinguiéndose, que las lúgubres sombras fugaces y, especialmente, que la oscuridad perpetua de aquel autobús.

Estaba a punto de abandonarme por completo al abismo de los sueños cuando, súbitamente, noté que mi otro mundo se detenía y que de repente una luz violenta lo inundaba todo. Intuí una conversación de la que no entendí ninguna palabra pero que me dejó el sabor de una agria discusión. Recuerdo que intenté poner los dos pies en la realidad, pero mi somnolencia no me dejó hacerlo.

Cómo bajé de aquel autobús y por qué no se quedó todo mi equipaje dentro de él, es todavía un misterio para mí. Supongo que mi amigo me medio despertaría, cogería mis cosas o me ordenaría cogerlas y me indicaría como salir de aquel mundo de tinieblas. El primer recuerdo nítido que tengo de aquel día fue la imagen de un amanecer todavía no consumado, un cielo plomizo y lloroso, una carretera recta totalmente despoblada y sin rastro del autobús, y a los dos lados de la misma, un puñado de abandonadas construcciones de madera, rodeadas por selva, selva y más selva. Y mi amigo a mi lado, mirando al infinito de la kilométrica recta en la dirección por la que presuntamente se había marchado nuestro autobús.

– Alcides, me pareció que discutías con la terromoza (azafata). No me he enterado de nada. ¿Qué ha pasado? ¿Y por qué no hay nadie por aquí?- pregunté a mi amigo ahora que la fina lluvia me había despabilado un poco.

– No sé qué problema o qué miedo tienen pero no querían pararnos en el kilómetro 109- respondió Alcides bastante indignado-. Nos han dejado en el 102. Vamos a tener que andar o refugiarnos por aquí hasta que amanezca y empiecen a pasar coches que nos puedan llevar.

Como no parecía una buena idea andar siete kilómetros por una carretera de la selva, con todo mi equipaje, bajo la lluvia y sin haber amanecido del todo, decidimos cobijarnos bajo una techumbre de tablas medio podridas mientras esperábamos un medio de transporte.

Pero volvamos al principio para entender bien la historia. Perú es un país orgulloso de la diversidad natural que sus distintas regiones ofrecen. El viajero puede disfrutar en Perú de los más variopintos paisajes, desde los desiertos costeros del oeste hasta la considerable porción de selva amazónica en el este, pasando por la cordillera de los Andes que cruza el país de norte a sur cuál espinal dorsal. Cuando yo llegué a Perú tenía claro que, además de ver las famosas ruinas de Machu Picchu,  no me quería ir del país sin visitar la selva amazónica. Lo demás me parecía secundario. En Cuzco, recorrí algunas agencias de viaje para contratar un tour de unos pocos días por la selva próxima a la ciudad de Puerto Maldonado. Todas ofrecían básicamente lo mismo con un precio aproximado. Aquella mañana de noviembre, cuando estaba empezando a cansarme de seguir buscando algo más barato o más interesante, entré en una pequeña oficina escondida en el  segundo piso de un viejo edificio, malamente publicitada con un pequeño cartel a pie de calle. El tour operador, Alcides, me cautivó desde el principio con su más que evidente inocencia difícilmente fingida. No sólo me ofreció la mejor oferta en cuanto a precio y actividades, también me propuso un plan al que no supe decir que no.

– Mira, desde hace unos meses mi hermana trabaja en la selva, a unos 100 kilómetros de Puerto Maldonado. Todavía no he podido ir a verla pero me gustaría hacerlo pronto. Vive en una zona deforestada, a la que no va ningún turista, que quizás también te interesaría conocer, pues tristemente esa es la realidad de la selva amazónica en muchas zonas hoy en día. Podríamos ir juntos. Por esos dos días en la zona deforestada no te cobraría nada, tan sólo los gastos que vayamos teniendo de transporte, comidas y alojamiento si es que mi hermana no tiene sitio para dormir.

Me pareció que Alcides, un tipo bastante inseguro, no buscaba hacer negocio conmigo. Buscaba un amigo con el que viajar para ir a ver a su hermana. Le dije que sí esa misma mañana y él se encargó tanto de comprar los billetes de autobús como de reservar mi posterior tour turístico por la selva. Así es cómo empezó una de las aventuras más interesantes de las que viví en el país sudamericano.

Loros volando sobre la selva amazónica.

Llovía de manera continua pero ligera, dando la sensación de que con el calor que había el suelo se secaría más rápido de lo que la lluvia lo estaba mojando. Estuvimos casi dos horas refugiados bajo aquella precaria construcción, viendo volar aves de un montón de especies distintas, hasta que los primeros vehículos empezaron a circular por allí. Para entonces, el amanecer ya había tenido lugar, aunque el sol no se había dignado a asistir la cita. Paramos el primer mototaxi que pudimos a eso de las seis y algo. Cuando le dijimos al conductor que queríamos ir al kilómetro 109, nos miró por el retrovisor durante unos instantes, asintió y arrancó.

Vista interior del mototaxi.

Durante el breve trayecto en mototaxi no vi nada nuevo a los dos lados de la carretera. Nada más que selva virgen y de vez en cuando el mismo tipo de construcciones abandonadas.

– Alcides, ¿cómo se llama el pueblo donde vive tu hermana? -se me ocurrió preguntarle según nos íbamos acercando.

– Pues la verdad es que no lo sé, me ha dicho que vaya al kilómetro 109.

– ¿Y cómo piensas encontrarla? Tienes su móvil, ¿no? -insití con mis preguntas.

– Creo que no tienen cobertura de móvil. Según me ha dicho debo preguntar por ella y por su marido, por sus nombres todos les conocerán.

exterior_mototaxi

Vista de la carretera Interoceánica durante mi viaje en mototaxi.

El mototaxi paró en un punto que no parecía tener nada especial.

– Aquí es -dijo el taxista con una expresión que no supe cómo interpretar.

Cuando me bajé del vehículo sí que pude apreciar que al otro lado de la carretera, entre la maleza y las palmeras se abría un esbozo de camino de arena. El acceso al camino estaba controlado por una barrera móvil de madera manejada por dos adolescentes sentados en sendos bidones. Supusimos que por ahí llegaríamos a donde quiera que viviese la hermana de Alcides, y dejando a un lado a los jóvenes y a sus miradas, nos introdujimos en la selva. El camino no tardó en ensancharse y nuevas construcciones con estructura de madera fueron apareciendo a ambos lados del camino. A diferencia de todas las que había visto anteriormente, estas parecían estar habitadas o al menos en uso. El esqueleto de madera estaba vestido con enormes plásticos azules que hacían de paredes desde el suelo hasta unos dos metros de altura dejando descubierta la parte más cercana al techo. El tejado estaba formado por los mismos plásticos que habían sido cubiertos de enormes hojas secas de palmera.

Las pocas personas que nos cruzamos durante nuestro atípico paseo nos miraron descaradamente y con desconfianza. Diría que me miraban más a mí, no sé si por mi color de piel o por las dos mochilas que cargaba en mi espalda. Tuve muchas ganas de preguntarle a Alcides qué clase de pueblo era aquello, en qué trabajaba su hermana y por qué me no me había explicado los detalles previamente. Pero no lo hice porque le miré a la cara. Creí leer en su expresión una mezcla de gran sorpresa, ligero temor y algo de decepción. Dado que él no hablaba opté por hacer lo mismo y esperar. Confieso que tuve un poco de miedo, aunque sabía que el hecho de ir con un acompañante peruano que tenía familia viviendo allí posiblemente me libraría de cualquier problema serio.

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Construcciones de madera y plásticos en el campamento.

A la vuelta de una curva el camino se abría totalmente dejando a la vista alcanzar una enorme explanada totalmente libre de vegetación, de suelo húmedo y arenoso, y cubierta parcialmente con unos pocos centenares de construcciones como las que había estado viendo a ambos lados del camino. En las zonas más cercanas al perímetro de la explanada había gigante socavones en el suelo con curiosas rampas de madera en su proximidad. Decenas de enormes motores aullaban desde diferentes partes del campamento.

– ¿Esto es lo que creo que es? -le pregunté recordando un documental que había visto en mi casa pocas semanas antes de empezar el viaje.

– No sé qué es lo que crees, pero esto es un campamento de extracción de oro -respondió mi amigo con las lágrimas a punto de brotar de sus oscuros ojos.

Continuación: Mi experiencia dentro de un campamento de minería ilegal de oro (II) 

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