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Si en Pomacanchi hay una pasión que destaca por encima de todas las demás, aunque no es que existan muchas pasiones en el pueblo, es la del voleibol. A pesar de lo que la existencia de tres campos de fútbol pudiera indicar, el voleibol es, con mucho, el deporte oficial pomacanchino. Es común ver a niños y jóvenes practicando saques y remates en distintas partes del pueblo, generalmente sin red, a horas de lo más extrañas. Pero si hablo de pasión para definir la relación del pueblo con el voleibol, refiriéndome a los profesores de mi colegio, debería decir que la pasión hace tiempo que se convirtió en obsesión.

Como ya expliqué aquí, los tres edificios rectangulares del colegio Túpac Amaru II, todos ellos de una planta, están dispuestos en forma “U” formando un bonito patio central rodeado de escalones en forma de gradas. Ese patio, en principio destinado a los juegos y la diversión de los niños (digo yo), acoge cada recreo el partido de voleibol de profesores contra profesores. Aunque el recreo dura teóricamente media hora, es raro el día en el que los profesores abandonan la pista central de voleibol antes de los cuarenta o cincuenta minutos. Después de acabar el primer partido, casi siempre muy igualado, la emoción embarga a vencedores y vencidos llevándoles a disputar una revancha, y un desempate si fuera necesario. Los niños, de esta manera, deben irse a jugar a los terrenos de hierba, más alejados de sus clases, compartiéndolos con ovejas y plantaciones de patatas, o simplemente observar el partido de sus profesores desde las gradas. Sin embargo nunca vi a ningún niño protestar por tal situación, ni tan siquiera cuando los profesores les alejaban a gritos de su pista de voleibol. Supongo que saben que cuánto más se alarguen esos partidos, más corta será la siguiente clase.

Instantes previos a un partido de voleibol. En cada equipo siempre juegan cinco o seis profesores.

Era un miércoles de octubre cuando, tras mi clase de comunicación (lenguaje) me despedí de los niños y de la profesora Isabel hasta el día siguiente. Sin embargo, los niños me gritaron con gran alborozo que no habría clase. Miré a Isabel.

– Es verdad, mañana y pasado no hay clase. Las clases se han suspendido porque es el campeonato de profesores del distrito de Acomayo. ¡Tenemos que ganar el torneo de voleibol! ¡Es una pena que no puedas jugar!.

– Tienes razón, Isabel, es una pena -le dije con una sonrisa amarga.

Y así es como las clases se suspendieron hasta el siguiente lunes debido a una competición deportiva de todos los profesores del colegio y, por lo visto, de casi todos los profesores del distrito.

Volví el lunes siguiente al colegio, y cómo no, había espectáculo de himno, bandera y discurso. Esta vez, el director cedió el honor de pronunciar el discurso a una profesora de unos cuarenta y tantos, que por lo que fuera se había levantado de pésimo humor. No recuerdo el discurso al completo, y lamenté varias veces no haber llevado una grabadora para poder transcribirlo posteriormente. En un momento dado, y no sé a cuento de qué, la profesora en cuestión dijo lo siguiente:

– Como sabéis, el lema de este colegio es “Estudiar, trabajar, triunfar”. Bueno, aquí, estudiar pocos. Trabajar, alguno ha habido. Pero triunfar lo que es triunfar… todavía no ha triunfado ninguno.

Lema del colegio Túpac Amaru II: Estudiar, trabajar, triunfar.

Tras esa bonita arenga para motivar a los chavales, por un momento me sentí satisfecho de estar bajo el cuidado de mi querida Isabel y no de aquella otra profesora. No duraría mucho. Entré al aula e Isabel, que hacía tiempo que me había visto llegar al patio de la escuela, estaba junto a la puerta con la chaqueta puesta y el bolso colgando.

– Te tengo que pedir un favor -me dijo con su tradicional sonrisa enigmática. – Resulta que hoy tengo que “evaluar”. ¿Te importaría dar la clase esta mañana?

Yo dije que sí, sin pensarlo dos veces. Sabía que fuera lo que fuera eso de “evaluar”, no tenía que hacerlo en el mismo horario en el que sus alumnos debían aprender a utilizar los verbos en el pasado y en el futuro. Pero si yo quería hacer algo con aquellos chavales, ¿qué mejor que estar a solas con ellos para poder dar la clase totalmente a mi manera? Posteriormente descubrí que “evaluar” consistía en ir con algunas otras maestras que no tenían clase en ese momento, al único cibercafé del pueblo, a meter las notas en una aplicación virtual del gobierno. Eso y mirar vídeos del youtube.

Al día siguiente, cuando llegué por la mañana al colegio, Isabel se presentó en el aula de nuevo con una sonrisa del tamaño del puente de San Francisco. Con la sonrisa y con Mario, su hijo de cinco años. Y su hijo venía a su vez con una mochila cargada de juguetes. El aire traía aromas de fiesta matutina. Isabel se dirigió a mí nada más entrar.

– ¡Muchas gracias por lo de ayer! Hoy vamos a dar la clase juntos, pero mañana miércoles tengo que ir a Cuzco a hacer unas “actividades”. ¿Te importaría hacerme el favor de nuevo de dar la clase mañana por la mañana?

Sonreí con sinceridad. Claro que quería dar aquella clase del día siguiente yo solo otra vez, y más viendo como se presentaba la mañana con su hijo allí. Sin embargo esta vez no investigué en que consistían dichas “actividades”. Preferí no saber más.

Esa mañana de martes fue en sí misma un espectáculo difícil de describir. La razón por la que su hijo Mario estuvo en el aula durante todas las clases, la desconozco y obviamente no osé a preguntarsela. El pequeño, digamos que le había salido inquieto o más bien se había caído en un caldero de café nada más nacer. La primera hora de ese día tocaba matemáticas, y el objetivo de la clase era que los niños aprendieran lo que eran las unidades, decenas, etc. Al pequeño Mario no le debía interesar mucho el asunto, pues rápido abrió la mochila del entretenimiento y sacó cuatro o cinco coches y un trailer de juguete. La criatura dispuso todos los vehículos encima de uno de los extremos de la “U” formada por todos los pupitres de la clase, y uno a uno fue conduciendo los coches de un extremo a otro por encima de todos los pupitres y por encima de las manos de los niños cuando era posible. Mientras, su madre, que fingía no estar al tanto de la carrera organizada por Mario, intentaba explicar el punto decimal a los alumnos, los cuáles hacía tiempo que sólo tenían ojos para el pequeño Mario y sus coches. Sé que la historia os debe resultar poco creíble, y lo sabía mientras la estaba presenciando, así que me tomé la licencia de recopilar algunas pruebas.

Clase y carrera de coches simultáneamente en curso.

El pequeño Mario con su camión.

La clase de matemáticas terminó cuando Mario, después de haber llevado por separado todos los coches y el trailer de un extremo al otro de la “U”, cargó los coches en el camión e hizo un último viaje en sentido opuesto para llevarlos de nuevo al punto de origen. En ese momento, y a pesar de que me pareció que Mario había diseñado muy bien el tráfico en su juego, decidí que ya había tenido bastante y le dije a Isabel que tenía cosas que hacer en la casa de acogida y que me iba. Isabel me dijo que sentía no haber tenido tiempo para que les explicara a los niños la división, como habíamos “acordado” la semana anterior, pero que como iba a tener la clase del día siguiente sólo para mí, podría explicársela. Esta vez no sonreí.

NOTA: Todo lo que aquí se relata es veraz exceptuando algunos datos puntuales como nombres de personas o localizaciones que se han modificado parcialmente para preservar la identidad de las personas de las que se habla.

OTRA NOTA: Pudiera dar la impresión de que la educación peruana es tan deficiente como la historia que he tenido oportunidad de vivir y que voy relatando con cuentagotas. En primer lugar, la zona rural en la que me encuentro cuenta con muy pocos medios y desmotivados docentes que no son de la localidad y que viven generalmente su estancia allí, a tres horas de la capital, como un auténtico castigo. Además, después de hablar con muchos niños mayores y chicos que están en secundaria, he llegado a la conclusión de que la profesora con la que tuve oportunidad de trabajar es una de las peores de las que se pueden encontrar por aquí.

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