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En anteriores episodios, aquí y aquí, relaté mi primer día en el colegio pomacanchino Túpac Amaru II y la experiencia educativa que presencié en la clase de 3º con niños de nueve años. Como ya he dicho, sentí bastante frustración después de haber asistido a la primera clase con aquella profesora, más preocupada por cargar la batería de su móvil constantemente que por los niños, pero, no sé muy bien por qué razón, al día siguiente a las ocho de la mañana estaba puntualmente en el colegio, preparado de nuevo para la formación militar previa a la entrada a las aulas, y para la posterior deformación educativa en el interior de las mismas.

Aquella mañana de octubre había amanecido especialmente fresca, así que agradecí que el protocolo del patio no se alargara mucho. Entré en el aula con Isabel, la profesora, y los niños nos recibieron al unísono con el consabido “buenos días profesores”. Como tocaba matemáticas, los niños fueron sacando, con parsimonia, unas tablas de multiplicar que habían preparado al principio del curso. Como era de esperar, más de la mitad de los niños ya había perdido la hoja de las tablas hacía mucho, así que cada día, arrancaban una hoja de su cuaderno e intentaban copiar las tablas del vecino. Como el vecino generalmente tampoco tenía la hoja, o simplemente el vecino no era su amigo, los niños de las hojas perdidas se levantaban por la clase buscando algún sitio de dónde copiar. Mientras tanto, Isabel reposaba su cabeza en la mesa del profesor murmurando su rezo matutino, quién sabe si pidiendo a nuestro Señor un cambio de destino para el curso siguiente. O quizás un cambio de profesión.

Niñas del colegio Túpac Amaru II de Pomacanchi.

Los niños que todavía conservaban la dichosa hoja, empezaron a cantar las tablas de multiplicar, una tras otra, desde la del uno hasta la del doce. Eso sí, sin dejar de leer los resultados en sus tablas. Pasarían diez minutos hasta que Isabel serenó a gritos aquel gallinero, ordenó guardar la hoja de las tablas debajo de cada pupitre, se sentó encima de la mesa y empezó la ronda de reconocimiento.

– A ver, Armando, dos por seis.

– …

– ¡Armando! ¡¿Ni la del dos nos sabemos a estas alturas del curso?! ¡Vergüenza me daría a mí!

– Nátaly, tres por ocho -volvió a intentar la maestra con otra niña.

– … ¿venticinco?

– ¡Nátaly! ¡Todavía no sabes la del tres! ¿¡dos por siete!?

– Catorce.

– ¡Llevamos desde febrero con la multiplicación, sólo os sabéis las tablas del uno y del dos! ¡Y ni siquiera todos!

Y así fue como comenzó un eterno discurso acerca de la inutilidad y la falta de interés de los niños. Argumentó que ella había tenido que estudiar mucho para llegar a ser maestra y que no se merecía que ellos no hicieran lo mismo para aprender lo que ella intentaba enseñarles. Es cierto que sólo unas pocas niñas sabían más allá de la tabla del dos (no mucho más allá), pero en lo que se equivocaba Isabel era en dar por seguro que los niños conocían la tabla del uno. Cuando Isabel se volvió a sentar dejando a los niños que siguieran “estudiando” las tablas de multiplicar, hice un reconocimiento rápido. Diría que en torno a la mitad de los niños, de nueve años, no era capaz de multiplicar uno por seis. La razón era sencilla: no es que no pudieran memorizar la tabla, es que no entendían la idea de la multiplicación. Durante la siguiente hora pasé por todos los pupitres, agrupando a los niños de tres en tres y explicándoles, a mi manera, en qué consistía la multiplicación así como pequeños trucos para memorizar las tablas. Ahí me di cuenta que tampoco tenían ni idea de cómo estudiar nada, así que más de la mitad del tiempo lo pasé intentando que entendieran que no valía con leer las tablas todas seguidas, que había que estudiar media tabla y luego preguntársela a uno mismo hasta sabérsela sin mirar al papel. No sé si les pareció buena idea, pero durante aquel día casi todos me hicieron caso.

No tengo ni idea en qué empleó Isabel esa hora en la que yo estuve intentando atender personalizadamente a todos los niños, pero sé que de su mesa no se levantó. Pronto entendería que Isabel era muy buena delegando, razón por la cuál había puesto tanto énfasis en captarme para trabajar con ella, pero esa historia para otro día. Al finalizar la clase, se levantó, vino hacia mí sonriéndome y me dijo mirándome fijamente a los ojos:

– He pensado que debemos compartir nuestros métodos educativos. ¿Qué te parece si mañana les explicas las fracciones?

Quizás le aguanté la mirada durante cinco segundos. Estoy seguro de que cualquier persona normal habría oído los engranajes de mi cerebro moverse lentamente mientras buscaban una respuesta razonablemente educada, pero ella no debió oírlos porque seguía sonriendo. Juro que después miré hacia un lado buscando la cámara, para esbozar una media sonrisa y arquear una ceja. Pero no encontré ninguna cámara.

– Isabel, les veo… muy verdes con la multiplicación. Creo que sólo una niña de esta clase, quizás, podría comprender algo de las fracciones. Tal vez sea mejor seguir insistiendo con la multiplicación hasta que, al menos, la comprendan -acerté a decir.

– Sí, tienes razón -dijo inmediatamente- mejor les explicas las fracciones la semana que viene, ¿vale?.

Esta vez no busqué la cámara, pues sabía que no había ninguna. Sonreí sin decir nada y salí de la clase con la esperanza de que la idea le durara tan poco como la batería de su móvil.

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