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Muchas semanas después, frente a la caja de aquel supermercado cuzqueño, había de recordar aquella tarde remota en que escuché de la boca de un niño pomacanchino la poesía que había aprendido esa misma mañana en el colegio:

“Tupac Amaru, Tupac Amaru, gran cacique Inca, hombre rebelde, defensor de los pobres. Luchaste contra la explotación de los abusivos españoles. Ni cuatro caballos borraron tus deseos. Ni con la muerte, borraron tu nombre.”

Estaba pensando en mis historias mientras esperaba en la cola de una caja, en un supermercado ubicado en el centro de Cuzco, cuando la conversación de una mujer y su hijo de unos doce años, ambos detrás de mí en la fila, llamó mi atención.

– Mamá, ¿Qué hicieron los españoles con las piedras de los templos incas que destruyeron?

– Las usaron para construir sus catedrales, iglesias y palacios, hijo

– ¡Qué malvados son los españoles!

Dudé si entrometerme en aquella conversación pública, pero lo dudé por poco tiempo porque siempre que estoy en un país que no es el mío (y frecuentemente también en el mío) intento hablar con los locales lo más que puedo:

– Pues tienen razón, los españoles hiceron muchas cosas malas por aquí hace algunos cientos de años -les dije de una manera tranquila y agradable.

– ¿Eres español? -pregunto la madre con voz insegura y cara de sonrojo.

– Sí, pero no se preocupe, como le digo, tiene razón. Los españoles vinieron aquí y pese a la buena intención de unos pocos, la mayoría se dedicó a expoliar estas tierras y a aplastar a la población nativa, especialmente al principio.

La madre me sonrío y asintió pero su hijo me miraba con una antipatía evidente, hasta que convirtió la tensión de su ceño fruncido en palabras:

– ¡Asesino! ¡Ladrón! ¡Vete de mi país!

Sonreí con tranquilidad mientras recordaba las experiencias educativas que había vivido en Pomacanchi semanas atrás en relación a la enseñanza de la historia del Perú.

– Lo primero, fue hace muchos años, yo no estaba allí y no tengo la culpa. Lo segundo, mi país ha sido invadido y ocupado por muchísimos pueblos como los romanos y los árabes, pero no culpo de ello a los romanos y a los árabes que me encuentro por ahí.

– ¡Asesinos! Os merecéis que os invadieran después de lo que nos hicisteis -respondió fuera de sí la pobre criatura.

– No hijo, eso que les pasó fue antes de la conquista del Perú -apuntó su madre, de nuevo con una considerable vergüenza reflejada en su mirada.

Me despedí educadamente de la madre, ignorando al chaval que ya no atendía a razones, y me dirigí a mi hostal a través de las empedradas calles coloniales mientras pensaba en la doble desgracia de ese pueblo, oprimido otrora y viviendo de esa opresión para justificar el actual desastre doscientos años después.

No quiero entrar en una larga reflexión sobre las barbaridades ocurridas en tiempos de la conquista española ni hacer simples juicios de valor acerca de la malevolencia de la misma. Lo que me da pena es que desde que los niños peruanos empiezan a estudiar historia en el colegio, al menos en la zona andina donde yo me encontraba, se les enseñe a odiar y a culpar de las desgracias que les ocurren en la actualidad a otro pueblo que pasó por allí cientos de años antes. No voy a negar que lo que pasó en aquellos tiempos pueda tener algún efecto en estos días, pero el recurso de achacar todos los males a los que te rodean, vecinos en el espacio o en el tiempo, no lo han inventado los peruanos. Porque en esencia eso es el nacionalismo, o al menos para eso se utiliza por la reducida élite gobernante con el fin de controlar a las iletradas masas. Tus vecinos de la puerta de enfrente son unos opresores y todas las desgracias son por su culpa y no por la mía que soy el que te gobierna. Y si esos vecinos ya se fueron hace mucho, siempre puedes argumentar que dejaron el edificio hecho una ruina, o que vendieron el piso a gente que no te gusta, o cualquier otra excusa.

La clase dominante del Perú actual sigue robando a manos llenas los valiosísimos recursos del país, con la diferencia de que ahora se manda el oro a los exclusivos distritos limeños de San Isidro, La Molina o Miraflores en lugar de al puerto español de Sevilla. Esa élite, que controla el país bajo una corrupción descomunal, imposible de describir en unas pocas líneas de este post, está muy interesada en que el pueblo llano siga culpando de todo a los malvados españoles (no tengo muy claro si a los actuales, a los del pasado o a ambos) mientras ellos arruinan cada día un poco más el desdichado país. Pero un problema añadido de alentar ese rencor de las masas, es la consecuente desazón generalizada que impera en el Perú, especialmente en las zonas más desfavorecidas; la desgracia peruana es vista por muchas gentes locales como una especie de fatalidad divina contra la que poco o nada se puede hacer. Porque normalmente no suele haber espacio suficiente para albergar rencor y, a la vez, ilusión y ganas de cambio. Y de momento va ganando el rencor con enorme ventaja.

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