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Perú, al igual que la mayoría de sus vecinos latinoamericanos, es un país de gigantes diferencias culturales y económicas dentro de su propia población. Así como en Europa, la clase media es el motor tanto de la producción local como del consumo, en Perú la clase media hasta hace bien poco era más bien inexistente. Hoy en día sí que empieza a florecer una clase trabajadora con cierto poder adquisitivo, pero de momento sólamente existe en grandes ciudades como Arequipa, Trujillo y, como no, Lima. Otro dato a tener en cuenta es que de los treinta millones de peruanos, casi diez viven en el área metropolitana de la capital del país, por lo que casi toda la riqueza del país reside en Lima. Doy estos pequeños apuntes para intentar encontrar una explicación de por qué la situación de las gentes en las zonas rurales del Perú que he podido visitar tiende a ser, económica y culturalmente (si es que no fueran dos caras de la misma moneda), deplorable.

Cuando llegué a Pomacanchi me cautivó la genuina inocencia del pueblo entremezclada con los múltiples eventos absurdos que me tocó presenciar, más propios de una película de humor negro que de una realidad del siglo en el que vivimos. Durante mi estancia allí junto con otros voluntarios, siempre nos asaltaba la duda de cómo describir, a familiares y amigos, la vida y la desgracia de las gentes que allí vivían, de como narrar de manera precisa y rigurosa los acontecimientos que veíamos día tras día, los que nos contaban y los que necesariamente tendrían que ocurrir como una suerte de destino fatal al más puro estilo Crónica de una muerte anunciada. Como contaba aquí, siempre pensé que sólo Gabriel García Márquez, en un día inspirado, podría ser riguroso pormenorizando las desdichas de mi tan querido pueblo. Sin embargo, cada vez que escribo en este blog, intento dejar algunos esbozos sobre la vida de Pomacanchi, con la vana esperanza de transmitir algo de provecho a los que me leen. Hoy os voy a contar una serie de historias, parcialmente inconexas, que tuve la ocasión de presenciar o de escuchar.

Si algo sobra en Pomacanchi además de polvo en el suelo, son vacas. No sabría decir cuántas vacas hay por cada habitante, pero son más que suficientes para que todo el pueblo tomara leche mañana, tarde y noche. Seguro. Pues bien, resulta que los niños de mi casa de acogida no prueban la leche. Sí, treinta y cinco de los niños más pobres (y desgraciados) del pueblo, además de no probar ni carne ni pescado, no pueden tomar un triste vaso de leche cada día. La razón es tan irónica como el hecho de que la central lechera del pueblo esté a veinte metros a la vuelta de la esquina. Resulta que la municipalidad asigna un cupo de leche gratuita a los niños del pueblo, pero nuestros niños están inscritos automáticamente en la dirección de sus familias. Se me ocurrió hacer un sondeo, así por encima, para ver cuántos niños tomaban la dichosa leche en sus casas. El “cero niños” fue la esperada respuesta. Supuestamente, el director de la “ONG” fue a la municipalidad para pedir que algo de leche se asignara directamente a su organización, pero la municipalidad alegó que no podía haber duplicidad de las fichas de los niños, y que eso no era posible. El director se dio por satisfecho y la municipalidad también. Eso fue hace dos años y hoy en día los niños siguen desayunando mate a base de agua hervida y polvos artificiales.

Los recursos de Pomacanchi son amplios. Hasta ahora no había contado que Pomacanchi, a veinte minutos andando, tiene un preciosa laguna de un color azul intenso y rodeada de montañas. Un lugar idílico para ir a desconectar un poco cuando la frustración hace acto de presencia. Pues bueno, los pomacanchinos, que gustan del arte de la pesca, o más bien del arte de comer peces, han sido afortunados desde tiempos inmemoriales, porque en Pomacanchi siempre hubo abundancia de pejerrey de laguna, un pez tropical de pequeño tamaño y bastante sabroso muy apreciado en la región. Sin embargo, no me quedó muy claro en qué momento, posiblemente en los ochenta, el gobierno de la municipalidad o de la región tuvo la feliz iniciativa de introducir la carpa, un pez que alcanza un tamaño mucho mayor al del pejerrey pero que posee un desagradable sabor. Resulta que nadie contó con que el pejerrey es un pescado que habita en superficie mientras que la carpa prefiere vivir en el fondo de la laguna. Esto no sería un problema si no fuera porque las huevas que pone el pejerrey van a parar al fondo del lago y casualmente, a la carpa, que vive por allí, le parecen deliciosas. El resultado del asunto es que el pejerrey, desde que llegaron sus vecinas las carpas, no puede reproducirse en el lago y dado que los pomacanchinos sólo pescan pejerrey, éste se extingue cada año. Te preguntarás, después de este rollo, cómo es que al año siguiente se puede seguir pescando este preciado pez. Muy fácil: La solución que se les ocurrió fue la de repoblar cada año la laguna con unos pocos miles de alevines de pejerrey para que los locales puedan pescar su pez favorito.

Cuando aquí contaba que el endémico alcoholismo de Pomacanchi es uno de los destructores de la sociedad local y culpable de la desgracia de tantos y tantos niños, me comentó un amigo que le parecía difícil teniendo en cuenta que si son tan pobres, las gentes no tendrían dinero para comprar el alcohol. En primer lugar, ya he dicho que hay recursos naturales de sobra para generar riqueza en el pueblo; otra cosa es que esa riqueza se administre de manera deficiente. En segundo lugar, el primer emprendedor de Pomacanchi ya debió pensar en eso de abaratar los costes cuando empezó a comercializar el Cañazo. El Cañazo es una bebida alcohólica, no está claro si etílica o metílica, de fabricación casera y de una graduación que no he sido capaz de estimar a partir de su horrible sabor que ha sido aromatizado de mala manera. Estaría muy sorprendido si tuviera menos de sesenta o setenta grados. El Cañazo o cañonazo, como lo hemos rebautizado los voluntarios, es repartido por un señor en un gran triciclo que lleva una enorme cesta adosada y repleta de botellitas del licor pomacanchino. La zona clave del negocio está curiosamente en las chacras (huertas). Muchos pequeños agricultures consumen Cañazo desde primeras horas (he visto repartos a eso de las diez de la mañana), de manera que cuando vuelven a sus casas a la hora del almuerzo, muy probablemente recorren el doble de distancia de la que necesitaron para ir por la mañana. O no, porque me he topado con muchísimos borrachos a las siete y las ocho de la mañana, cuando yo iba al colegio.

El último punto del que quiero hablar hoy, para intentar ilustrar un poco la fatalidad asociada al pueblo de Pomacanchi, es un tema que suele ser también tabú en países más prósperos. En Pomacanchi la tasa de intentos de suicidio es de entre uno y dos al mes. En una población de unas 3.000 personas (o quizás cuentan los 8.000 habitantes del distrito) y haciendo unas cuentas rápidas (y también muy imprecisas), podría decir que la tasa está entre quince y cuarenta veces por encima de la tasa nacional peruana. Me gustaría exponer datos, que ni tengo ni tendré, sobre la tasa de abusos y malos tratos en el distrito pomacanchino. Pero sinceramente, ni las frías cifras, ni las pequeñas anécdotas que os he contado me parecen suficientes ni tan siquiera para aproximarse a la dimensión de la fatalidad que se respira en la inocente Pomacanchi.

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