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Hasta el momento no he contado nada sobre el trabajo en la casa hogar de Pomacanchi, lo cuál era la parte central de mi viaje. Varias son las razones por las que hasta ahora he esquivado este tema. Hoy voy a hablar un poco del asunto y con el tiempo, especialmente cuando me encuentre en Europa, entraré más en detalle.

La localidad de Pomacanchi, a 3.700 msnm y rodeada de montañas, pertenece a Acomayo, una de las trece provincias del departamento del Cuzco. Las principales (o más bien, únicas) actividades económicas del pueblo son la ganadería y la agricultura. A pesar de que la tierra es fértil, de que poseen acuíferos para abastecer las chacras (huertas) y de la enorme cantidad de ganado que te puedes encontrar por las calles del pueblo (ovejas, cerdos, vacas, burros y llamas), lo cierto es que la pobreza es un denominador común en las familias pomacanchinas. Desconozco si en realidad no son tan pobres y deciden, por alguna razón cultural, vivir de una manera miserable, pero la verdad es que la mayor parte de la población viste harapos, tiene la piel sucia y quemada por el duro sol altiplánico, y se alimenta de manera escasa y desequilibrada. Esta situación económico-cultural se suma a la natalidad incontrolada, problema crónico en la zona andina, al endémico alcoholismo, y al desapego emocional generalizado de los padres hacia sus hijos a los que usualmente consideran una mezcla entre estorbo y potenciales trabajadores (esclavos) en la chacra familiar. Es fácil imaginar que, como resultado de todos estos factores, existe un caldo de cultivo perfecto para el florecimiento de abusos, malos tratos, explotación y abandono de los menores del pueblo.

La casa hogar de Pomacanchi es, en principio, una “ONG” creada para dar un apoyo a los niños de entre dos y dieciséis años, procedentes de las familias más desfavorecidas del pueblo. La idea consiste en ofrecerles comida, educación, alojamiento y especialmente un entorno agradable y seguro donde los niños puedan desarrollarse como personas felices. Esa, al menos, es la idea.

El trabajo en la casa de acogida empezaba cuando los niños salían de la escuela. Al igual que ellos, yo también iba a la escuela por la mañana, tal y como conté aquí y aquí, por lo que de allí iba directamente a la casa hogar. Los días que salía antes de la escuela, también me pasaba por la casa para pelar patatas, zanahorias y habas, que constituían la base (y muchas veces la totalidad) de la alimentación de los niños. A eso de la una de la tarde, los niños empezaban a llegar con cuentagotas; entraban al terreno de la casa y a través de un angosto corredor accedían al patio trasero de la casa donde se encontraba la cocina, el comedor y dos minúsculas aulas. La casa, de dos alturas, estaba compartida con una señora de unos sesenta años y con un hombre de cuarentaitantos. La señora regentaba un restaurante en la planta baja, o eso decía ella, porque en todo el tiempo que pasé allí, jamás vi a un solo cliente entrar. El hombre poseía el primer piso completo, y cada vez que quería subir a su vivienda a través de unas precarias escaleras exteriores de madera, debía librar una lucha con uno de los dos perros de la casa hogar, el cuál había adquirido la curiosa manía de hacerle la vida imposible al buen señor.

Los niños, al llegar, repartían un beso a cada voluntario, generalmente acompañado de un “hola tío”. La comida solía ser tranquila, ya que algunos de los niños comían en la casa de algún familiar antes de ir a la casa hogar. Después de la comida, les dejábamos que jugaran un rato antes de comenzar con las tareas del colegio. Con las tareas empezaban las primeras batallas, porque casi todos los niños te aseguraban que no tenían nada que hacer y que por lo tanto su única ocupación de la tarde iba a ser jugar hasta aburrirse. Afortunadamente, los niños de la zona son, como ellos mismos dicen, muy chismosos (cotillas), por lo que los propios compañeros de clase rápido venían a contarte con todo lujo de detalles los deberes que tenía fulanito para ese día. Fulanito, a su vez, después de calificar a sus compañeros como chismosos, te contaba las tareas pendientes de los delatores. De esta manera, en pocos minutos tenías a fulanito y a los delatores sentados, con la cabeza agachada e inmiscuidos en sus libros y cuadernos. El día que aprendan a cooperar entre ellos, dispondrán de todas sus tardes al sol, sin la necesidad de hacer ninguna de sus tareas extraescolares. Afortunadamente, viendo su pasión por la delación, creo que ese día todavía está bastante lejos.

Según se acercaba la caída del sol, a eso de las seis y pico, los niños iban terminando sus deberes y se les permitía que fueran a jugar entre ellos, al patio de la casa o incluso a la calle. Ese era el momento más difícil del día, puesto que había que multiplicarse para atender a los niños que todavía estudiaban, a los que estaban ansiosos por jugar contigo y a los más mayores que iban llegando justo antes de la cena. En mi opinión, jugar con ellos era una función mucho más importante que trabajar en sus tareas extraescolares. Me sorprendió que estos niños, viniendo de familias desastrosas, no tuvieran un nivel educativo inferior a los niños de familias más normales que yo veía por las mañanas en la escuela local. Donde sí tenían evidentes carencias era en el plano afectivo. Los niños pedían atención constante, no para ser ayudados en sus actividades donde eran más que autónomos, sino para jugar con ellos, hablar de cualquier tema, bromear, etc. Siempre me pareció que dedicarles una simple sonrisa hacía toda su tarde más feliz; pensándolo bien, es un triste indicador del trato que reciben de sus familias.

La cena era siempre un jolgorio. Unos 35 niños de todas las edades se arremolinaban en torno a las tres mesas alargadas del diminuto comedor, algunos de ellos de pie por falta de sillas. La cocinera no siempre estaba a esas horas, así que normalmente los voluntarios éramos los encargados de servir la cena: de la inmensa cazuela al plato metálico de cada niño. La cena, salvo excepción no era más que las sobras de la comida, y debo decir que la mayor parte de los días escaseaba, por lo que, con angustia, debíamos entregar raciones muy pequeñas a los niños. Para beber les servíamos un mate a base de agua hervida con polvos de sabores. Nunca jamás vi una botella de agua mineral en esa casa, y para el que no lo sepa, en Perú, en la mayoría de las poblaciones, el agua del grifo no es potable. Si es difícil ver a niños comer menos de lo que deberían (y sin alimentos básicos en el desarrollo de un niño, como carne o leche), que los niños te pidan agua y no se la puedas dar es incluso más duro. Intentábamos hervir agua cuando ya no quedaba mate, pero de esta manera los niños tenía que beber el agua caliente o simplemente esperar al día siguiente.

Después de cenar, cada niño lavaba su plato y su vaso (incluso los de dos años) y lo dejaba en la balda que llevaba su nombre. Repartíamos a cada niño un poco de pasta de dientes y crema hidratante para intentar paliar los estragos que el sol y el frío hacían en sus jóvenes pieles. Después, los niños que no dormían en la casa hogar, se despedían con un beso y, cariacontecidos, se dirigían a la casa de algún familiar. Los demás se ponían el pijama y se iban a dormir a sus viejas literas, en el único dormitorio que la casa poseía, preparados para soñar, posiblemente, con una vida mejor.

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