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Conocí a María en un infame prostíbulo de un campamento ilegal rodeado exclusivamente por selva amazónica peruana. La historia de cómo acabé en ese campamento es larga y difícil de relatar, por lo que si acabo contando algo más de lo que allí viví, tendrá que hacerse esperar.

María tuvo que haber sido muy bella en algún momento, aunque no se sabe cuándo, porque tan sólo contaba con veintiún años. De enormes ojos grises, algo poco común en este país, María tenía unas líneas faciales armónicas y delicadas. Sin embargo, su piel estaba erosionada por el sol, por el frío del altiplano y seguramente por unos cuantos disgustos. María era muy agradable y tranquila, y se esforzaba por sonreír aunque sus tristes ojos contradijeran constantemente a sus labios. Cuando yo la conocí, tenía ya un hijo de algo menos de un año, y un hinchado vientre que vaticinaba un segundo retoño para el siguiente febrero.

María trabajaba junto a su marido, un muchacho de incipiente bigote, de aspecto adolescente y poco fiable, en el prostíbulo regentado por su prima. No puedo asegurarlo, pero diría que María ni ejercía la prostitución ni la había ejercido en el negocio en el que trabajaba. Honestamente, me parecía demasiado mayor para los estándares de la profesión en la zona.

Hacía algunos meses que María había llegado al campamento, justo un poco antes de que dicho campamento se trasladara a la ubicación que yo conocí. Era originaria de un pobre pueblo de la región de Cuzco y tras una miserable vida se había desplazado al este, a la selva amazónica, en busca de dinero rápido. Me pareció que María estaba allí igual de perdida que yo; sus planes consistían en regresar en los próximos seis meses a Cuzco para comprar una casa y establecerse allí con su familia. María vivía en la trastienda del negocio, en una construcción provisional a base de palos mal colocados, plásticos azules y un suelo de tierra sucia con charcos por todos los sitios. Las “habitaciones” estaban separadas por simples plásticos rotos que hacían de la privacidad pura utopía.

Tuvimos una larga charla acerca de la vida de los distintos sitios del Perú. Creo que ya por entonces yo conocía más lugares de su país que ella misma. En un momento dado, María me preguntó cómo era el sitio donde yo vivía.

-Es muy bonito, no hace ni frío ni calor y tiene mar -contesté.

María abrió mucho sus ojos, haciéndolos aún más grandes si es que eso fuera posible. Contuvo la respiración unos instantes y me lanzó, con una mezcla de desolación y desasosiego, una pregunta que recibí como una cuchillada en el alma:

-¿Qué tiene el mar?

No recuerdo si por mi cabeza se cruzaron pensamientos sobre la miseria y la desgracia, o si simplemente me quedé en blanco. Ni siquiera sé cuanto tiempo tardé en contestar.

No sé María, el mar tiene mucha agua, más de la que puedas imaginar -respondí como un idiota. Y me quedé callado mirando al suelo.

María, sé que es improbable que leas esto, pero no hay día en el que no me acuerde de ti y de tu pregunta, y quiero que sepas que lo he pensado mejor. El mar, justo antes de que empiece a llover, tiene el color de tus ojos. El mar tiene un tamaño comparable al de esas dos lunas con las que, sin pestañear, me miras con triste curiosidad. El mar tiene el sabor de la infinidad de lágrimas que a buen seguro has derramado en tu corta existencia.

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