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El solemne acto de demostración patriótica y disciplinaria se había engullido más de treinta minutos de la hora y media que dura la primera clase. Me pareció que nadie estaba extrañado por este hecho, posiblemente porque se habían realizado estas prácticas desde que los más viejos tenían memoria.

Los maestros se encontraban agrupados, al igual que durante todo el acto, charlando de manera animada mientras los niños iban entrando en sus clases. Me aproximé al grupo para presentarme y ofrecer mis servicios, y casi todos los maestros tuvieron gran interés en captarme como ayudante. Acabé con Isabel, una mujer de unos treinta y pico años, de tez oscura y mandíbula prominente, que ya había tenido otra voluntaria semanas antes y que al parecer echaba en falta la ayuda prestada. Me dijo que entrara en su clase, en 3º de primaria, mientras ella acababa unos asuntos, que consistían, presuntamente, en discutir no sé qué graciosos chismes con otros maestros.

La disciplina espartana del colegio tuvo un último coletazo, que me pillo desprevenido, cuando entré por primera vez al aula de 3º. Mientras atravesaba el vano de la puerta, los niños se levantaron de sus asientos como un resorte y me dedicaron al unísono un “Buenos días profesor” a pleno pulmón. Los diez minutos que pasaron desde que entré a la clase hasta que Isabel apareció, los pasé escrutando el aula y preguntando a los chicos sus nombres, edad, dónde vivían y qué cultivaban en sus chacras (huertas). El aula era un sitio excepcional, de mobiliario bastante gastado, pero repleto de alegres dibujos infantiles y empapelado con bonitos carteles con informaciones básicas sobre la higiene, el respeto a los compañeros, el medio ambiente, historia, matemáticas, etc. En cuanto a los niños, casi todos tenían nueve años, eran risueños, bastante hiperactivos y en general parecían muy nobles. La pregunta sobre los cultivos de sus chacras desencadenó un éxtasis colectivo donde todos querían explicarme lo que cada uno sabía plantar y recoger.

Isabel entró por la puerta con una sonrisa en la boca y con su móvil en la mano. Algún mensaje importante debía estar esperando porque pasó más de cinco minutos intentando, con discutible éxito, que su móvil empezara a cargarse. Mientras, los alborotados niños peleaban enfurecidos por los libros  de la asignatura de Comunicación (Lengua) que se hallaban en un montón en una esquina de la clase.

Cada niño abrió su libro por una página aleatoria y empezó a leer en voz (muy) alta, intentando silenciar los alaridos de sus vecinos. Isabel cambió de localización, pasando del enchufe a su escritorio. Se sentó, cerró los ojos, apoyó su frente encima de la mesa y comenzó a rezar y santiguarse repetidas veces. Yo me encontraba de pie, en el medio de la “U” que formaban los pupitres, mirando a los niños, mirando a Isabel y de alguna manera mirándome a mí, preguntándome qué había hecho yo para acabar allí. Debo reconocer, aunque me avergüence, que la situación me divertía enormemente, y cuatro niñas que se sentaban juntas se debieron dar cuenta porque no paraban de mirarme y de reír.

Isabel acabó su rezo de maitines, se levantó con una sonrisa radiante, ordenó callar a los niños (de nuevo con poco éxito) y comenzó desde un extremo de la “U” a hacer leer en voz alta, más si cabe, a cada niño. Uno por uno. Me percaté de que los demás alumnos seguían en la página que les daba la gana y no en la página 78, ajenos a las peripecias del “cocodrilo llorón” del que el niño examinado por la profesora contaba una a una sus miserias. Me afané por pasar rápidamente por los pupitres de todos los niños, haciéndoles abrir el libro en la página del desdichado cocodrilo para que intentaran seguir la lectura de su compañero. Los niños me miraban hacia arriba como quien se acaba de encontrar a un extraterrestre en el tejado de su casa. Isabel me dedico una nueva sonrisa, de esas que a día de hoy todavía no he logrado desencriptar, y me dijo que cada uno debía leer lo que quisiera en la página que quisiera. Asentí con resignación y me fui al otro extremo de la “U” a iniciar el mismo proceso con un niño que a duras penas podía leer un “mi papá me mima”. Al cabo de un rato pasé a otra niña que sí que leía todas las palabras, pero separando todas las sílabas de manera rítmica. Le dije que si me podía explicar qué había entendido. Pero era evidente, por la manera en la que leía, que las palabras pasaban de sus ojos a sus labios sin pasar por el cerebro. En toda la mañana no encontré un niño que me supiera decir una sola idea de lo que había leído.

Y así se pasó mi primera clase, con un sentimiento de tristeza y frustración por los niños de nueve años que apenas sabían leer (de los que Isabel se me quejó amargamente diciéndome que no sabía qué hacer con ellos), por los niños que sí que podían leer con dificultad pero que no habían entendido absolutamente nada, y por un método en el que yo no podía intervenir y que, bajo mi humilde opinión sin estudios de magisterio, iba a crear una generación de analfabetos. Salí de allí con la intención de no volver a colaborar con aquel sinsentido, pues no veía la manera en la que yo podría ayudar a los niños bajo ese modo de hacer. Sin embargo, al día siguiente de nuevo estaba puntualmente allí. Y creedme que no me arrepentí de haber cambiado de opinión.

NOTA: Todo lo que aquí se relata es veraz exceptuando algunos datos puntuales como nombres de personas o localizaciones que se han modificado parcialmente para preservar la identidad de las personas de las que se habla.

OTRA NOTA: Pudiera dar la impresión de que la educación peruana es tan deficiente como la historia que he tenido oportunidad de vivir y que voy relatando con cuentagotas. En primer lugar, la zona rural en la que me encuentro cuenta con muy pocos medios y desmotivados docentes que no son de la localidad y que viven generalmente su estancia allí, a tres horas de la capital, como un auténtico castigo. Además, después de hablar con muchos niños mayores y chicos que están en secundaria, he llegado a la conclusión de que la profesora con la que tuve oportunidad de trabajar es una de las peores de las que se pueden encontrar por aquí.

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