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Cuando llegué a Pomacanchi, no tenía muy claro cuánto tiempo me quedaría, así que decidí aprovechar al máximo los eternos días que Perú ofrece. Sabía por otros voluntarios que el trabajo en la casa hogar de los niños no empezaba hasta la 1 y algo del mediodía, por lo que las largas mañanas estaban a mi total disposición. Había calculado que podría llegar a conocer muy bien el pueblo y sus proximidades si empleaba esas mañanas en recorrer diferentes partes, pero cuando un par de voluntarios me comentaron lo que llevaban haciendo algunas semanas, abandoné la idea: asistiría a una maestra en un colegio de primaria del pueblo.

El Túpac Amaru II es uno de los tres colegios de primaria que hay en la localidad. Quizás sorprenda la existencia de tantos colegios en un pueblo de menos de 3.000 habitantes, pero Pomacanchi es la capital del distrito homónimo, por lo que muchos niños de pequeños poblados sin escuela se desplazan cada día, generalmente andando, para asistir a las escuelas pomacanchinas.

Aquella primera mañana de colegió, soleada como todas, llegué al Túpac Amaru II bastante antes de las 8:30, hora a la que están citados los niños (no confundir con la hora a la que empiezan las clases). El colegio cuenta con una gran extensión de terreno dado que se encuentra a las afueras del pueblo, en las faldas de una de las montañas que protegen Pomacanchi. En los dominios del colegio se pueden encontrar cultivos de patatas, unas cuantas ovejas pastando y un puñado de perros que merodean pacíficamente como si el día fuera a durar para siempre. Los tres edificios principales forman una “U” y acogen a todos los niños a excepción de los de educación infantil (aquí llamados de educación inicial).

Serían las 8:25 de aquel lunes de octubre cuando los niños, con puntualidad castrense, formaban en el patio principal, en el interior de la “U”. Ordenados por filas según su curso, los alumnos estaban apostados de cara a una bandera peruana aún por izar, y a un orgulloso maestro (de ceremonias) que combinaba nervios y emoción en sus gestos.

La visión de los cerca de 200 niños que allí se agrupaban era, como tantas veces en Pomacanchi, confusa y contradictoria pero también divertida. Como un ejército de campesinos reclutados por obligación, los niños formaban con desgana, vestidos con el mismo lustroso uniforme en teoría, y como el ejército de Pancho Villa en la práctica. Del original uniforme que alguna vez se debió diseñar, sólo les quedaba, y no a todos, un bonito jersey azul brillante aunque sucio y bastante raído en la mayoría de los casos. Quiero pensar que esto se debía a que el curso había echado a andar allá por febrero, y que aquí los niños no reciben las típicas diatribas de no jugar tirados por el suelo (con el consiguiente aumento de felicidad para ellos).

El acto comenzó con el maestro-sargento llamando al orden con gritos de “firmes”, “alto” y  “descansen”, a lo que los niños reaccionaban con sorprendente coordinación. Mientras tanto, el delegado de cada curso se afanaba por mantener el orden y equidistancia de los alumnos de su fila a base de palos. Sí, el representante de cada curso, distinguido con una bonita banda rojiblanca sobre el hombro, posee una vara blanca de metal que le da derecho a zurrar en las piernas y el trasero de quien no esté formado correctamente. En la práctica, tiene derecho a zurrar a quien le de la gana, y lo hace. Alguna vez pregunté cómo elegían a ese delegado y me dijeron que era el más sensato del curso. O me engañaron o el poder ilimitado te acaba convirtiendo en un psicópata, por muy sensato que seas.

Después de los ejercicios militares, una nueva profesora recibió el honor de poder izar la bandera, y los niños cantaron con dudosa motivación el himno nacional del Perú. El acto patriótico fue seguido de cuentos, adivinanzas, y canciones protagonizadas por los niños. Posteriormente el Profesor Director, en teoría la persona más respetable del colegio, tomó el micrófono para su discurso de los lunes:

– A ver niños, ¿quién de ustedes no tiene electricidad en su casa? ¡No sean tímidos, levanten sus manos! ¡Más alto!… Muy bien, sólo ustedes dos no tienen electricidad en sus hogares. ¡El progreso está llegando a la región! Pues para ustedes dos no va dirigido lo que voy a decir, pero a los demás les voy a hablar del ahorro energético, tan importante en nuestro tiempo…

Y el distinguido Profesor Director, tras la primera humillación gratuita de la mañana, se extendió durante más de 5 minutos hablando de manera dubitativa a niños de entre 6 y 12 años sobre las bondades de la economización (sic) de la electricidad, en un tono de voz anestesiante y con unas palabras tan rebuscadas que ni un académico de la RAE las habría sabido desenmarañar. Al poco tiempo, los niños ni siquiera fingían escuchar y se volvían hacia otros compañeros, hablando, riendo e incluso gritando, a pesar de los palos que les llovían de los sensatos delegados.

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