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Serían sobre las 8 de la tarde cuando el antiguo autobús, repleto de humanidad, paró en la plaza de armas de Pomacanchi. Aquí anochece entre las 5 y las 6, por lo que ya hacía tiempo que sólo se distinguían algunas sombras bajo una media luna menguante.

Las tenues luces de la plaza de armas dejaban vislumbrar las humildes casas que la rodeaban así como un desconchado suelo de cemento claro. Poco podía distinguir del pueblo a pesar de mis ganas por conocerlo pronto. Casas de dos alturas de un adobe generalmente desnudo flanqueaban caminos de tierra irregular. Apenas había personas por la calle y me preguntaba si el pueblo estaría más abandonado de lo que había supuesto.

La siguiente mañana despertó luminosa y fresca, exactamente igual que todas las mañanas que he vivido en el altiplano peruano. Al abrir la puerta de la habitación, donde dormía con otros voluntarios, y salir a la precaria balconada de madera vi por primera vez el Cristo de Pomacanchi que preside la montaña más cercana al pueblo. El gran Cristo blanco, que bendice con poca fortuna el pueblo, es un copia del famoso Cristo del Corcovado en Río de Janeiro.

Bajo la luz del sol, Pomacanchi no puede esconder ni su humildad ni su encanto. Las calles, a excepción de dos mal asfaltadas, no son calles sino caminos de tierra mal aplanada. Sin embargo el trazado de la ciudad es prácticamente hipodámico, de manera que es muy fácil orientarse a través de sus calles paralelas y perpendiculares. El tamaño del pueblo es de unas 13×7 manzanas rectangulares donde habitan entre 2.000 y 3.000 almas. En todo el pueblo tan sólo se pueden encontrar tres casas con más de dos alturas y del adobe no se libran ni la iglesia ni el ayuntamiento (municipalidad). Ni rastro del ladrillo y ya no digamos de la piedra.

Así como de noche parece un pueblo fantasma, Pomacanchi bulle de vitalidad al alba. Decenas de mujeres acompañadas de burros y vacas pueblan las calles desde las primeras horas de la mañana. Casi todas las mujeres visten tradicionales trajes andinos: zapatos negros, calcetines de lana hasta las rodillas, falda negra generalmente y un colorido jersey. Rara es la mujer que no va tocada con un estrecho sombrero negro o marrón sobre sus dos trenzas de color azabache. Casi todas ellas llevan a la espalda una tradicional colorida manta (lliclla) donde cargan a su hijo, a un pequeño cordero o simplemente productos del campo. Los locales llaman a las mujeres vestidas de tal guiso “cholitas”, si bien este término era profundamente peyorativo desde tiempos de la ocupación española. Llama la atención la minoría de hombres que te puedes encontrar por el pueblo. Espero tener tiempo otro día para abordar este asunto.

Cuando paseas por Pomacanchi, además de encontrar todas esas mujeres, a tu paso se cruzan cerdos y niños, que por igual andan sueltos por la calle. En una primera impresión parece que la gente local muestra la misma preocupación por los cochinos que por los niños, pero la segunda impresión es incluso peor.

Pomacanchi es un pueblo de contradicciones, donde la vida emerge entre el caos, donde pequeñas luces aparecen sobre las sombras pero pronto se desvanecen, donde la ilusión da paso a la perplejidad y ésta a la frustración. Pomacanchi es un pueblo indescriptible para el común de los mortales. Sólo el gran Gabriel García Márquez, que ya pintó Macondo en su magnífico “Cien años de soledad” podría dibujar, con palabras, este pueblo de una manera precisa. Porque el realismo de Pomacanchi es tan abrumador que piensas que sólo puede ser un realismo mágico.

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