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Tras 12 horas de vuelo, aterricé en Lima en una noche cerrada y de aire pesado. Dado que mi vuelo hacia Cuzco era temprano en la siguiente mañana, me alojé en un humilde hostal en las cercanías del aeropuerto. Me recibieron con una botella de agua mineral y una agradable conversación. Aturdido por mi extremo cansancio, advertí en las palabras de los dos jóvenes peruanos una mezcla de curiosidad, hospitalidad y promoción de otras actividades turísticas que podrían ofrecerme. Tan pronto como pude, tras una conversación en las que me demostraron conocer la política española de manera profunda, me deslicé hacia mi habitación para descansar tras un largo día (de 31 horas). Una pena, porque habría disfrutado de una larga charla con aquellos despiertos chavales.

El vuelo entre Lima y Cuzco debería tener un cargo suplementario por la vista panorámica que ofrece. La capital peruana está encajada, de mala manera, entre el Océano Pacífico y el desierto costero del Perú. De esta manera, los primeros kilómetros del vuelo permiten disfrutar de una vista desértica a poca altura. Al poco tiempo, el desierto se superpone a las primeras estribaciones de los Andes; algunas cadenas montañosas sin ninguna vegetación aparente comienzan a aparecer tímidamente. A los pocos minutos, grandes afiladas montañas de un brillante marrón ocupan todo el espacio que la vista alcanza a ver. En los picos, la nieve se resiste a irse mientras que en las altas planicies se distinguen lagos de un color azul intenso. Al ser un vuelo corto, que además debe ganar una altura de más de 3.000 metros en poco más de una hora, nunca se alcanza una gran distancia respecto al suelo, de manera que a veces sospechas que si las montañas andinas siguen creciendo a nuestro paso, acabarán por rascar la panza del avión.

A la llegada a Cuzco, cuando estás bajando las escalerillas del avión, ya te das cuenta de que algo raro pasa con el aire. Las inspiraciones son superficiales, vanas, como si el inconsistente aire se resistiera a entrar en los pulmones. Cuzco está a unos 3.400 metros sobre el nivel del mar, lo que significa que la densidad del aire es mucho menor que a altitudes más bajas. Al contrario de lo que se suele pensar, no es que el aire contenga una proporción de oxígeno más baja (sigue siendo del 21% hasta unos 21.000 metros). Es simplemente que hay menos moléculas tanto de oxígeno como de nitrógeno para un volumen dado. El efecto en las personas, debido a esa baja densidad del aire, es conocido como mal de altura o soroche, como lo llaman por aquí. Puede aparecer por encima de los 2.000 metros y los síntomas más comunes son el cansancio, el insomnio y el dolor de cabeza.

Nunca he estado tan inactivo como en los dos días que pasé en Cuzco a mi llegada a Perú. La combinación entre jetlag y mal de altura produce un cansancio constante durante el día y un sueño ligero e intermitente por las noches. Andar deprisa durante dos minutos, subir unas escaleras o agacharse a recoger algo del suelo son acciones que elevan desmesuradamente las pulsaciones y exigen unos instantes de reposo. Dicen que los efectos del mal de altura, especialmente el cansancio instantáneo al hacer casi cualquier actividad física, pueden durar en torno a un mes. A día de hoy, puedo asegurar que al menos duran dos semanas.

Los dos días de nula actividad me permitieron una ligera aclimatación antes de llegar al pequeño pueblo montañoso donde se encontraba la asociación en la que me proponía colaborar. Seguro que los 3.700 metros de altura de la localidad, no me lo iban a poner fácil. Pero ni el agotamiento extremo podía reprimir mis ganas de llegar a mi destino más esperado: Pomacanchi.

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